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Unha peregrinaxe pola Galiza urbana

A mi me cuesta mucho entablar conversaciones con desconocidos en bares.  Tengo un método infalible para conseguir un poco de palique, que consiste en acercarme a alguien y decirle "Hola, me llamo Andrés, tú como te llamas?" pero sólo me atrevo a utilizarlo en viajes organizados y excursiones de senderismo.  Necesito compartir un poco de terreno común, como el estar compartiendo un viaje, para que me atreva a soltar mis cuatro palabras mágicas.  En bares me horroriza el molestar al prójimo.  Apenas nunca me he atrevido a hablar con extraños en el gran mundo desconocido. 

Intente buscar gente con quien quedar a través del Meetic.  Hice un barrido por Vigo y Pontevedra.  Si no me equivoco, me puse en contacto con todas las mujeres inscritas en el Meetic que vivían en Pontevedra.  Las únicas respuestas que recibí a mis correos electrónicos fueron de mujeres que o bien pasaban la semana santa fuera de Galicia o bien que leyeron mi correo después de que yo ya hubiera vuelto a Madrid.  No hubo ni una mujer de las que contacté que permanecían en Galicia la semana santa que quisiera participar en aliviarme mi soledad este viaje. 

El vuelo el jueves de Semana Santa salió muy temprano.  Para llegar a tiempo decidí llamar a un taxi para que me esperara en mi portal.  Llegué con muchísima antelación al aeropuerto y la facturación fue casi instantánea, con los aparatos que te imprimen la tarjeta de embarque.  Hubiera perfectamente podido ir en trasporte público aún siendo tan inmensa la T4.  Llegué con hambre y sed.  Me pedí un tanque de cerveza y un sándwich.  En cuanto tengo la cerveza encima de mi bandeja, la tiro sin haberla probado.  Menos mal que la camarera se apiadó de mí y me puso una fresquita.

En el aeropuerto de Santiago cogí el autobús a la ciudad y desde la misma estación seguí hasta Vigo, mi primer destino.  El hotel estaba en el centro de la ciudad pero como la estación de autobuses estaba en las afueras tardé una hora en llegar a él.  Por el camino, arrastrando mi maleta, metí el pie en una de esas cosas que están por la calle donde plantan los árboles y me caí cuan largo era.  No hubo testigos.  Al dejar la maleta en el hotel salí hacia el museo del Mar.  Este museo está  dedicado a la pesca en Galicia.  No había nadie en él aún siendo gratis la entrada.  Desde el museo del Mar anduve los cuatro kilómetros hasta el centro de la ciudad.  Cené pulpo delicioso en un restaurante tras fracasar en mi empeño de localizar una pulpería.  Después de cenar me fui a la zona de Churruca la cual una moza del Meetic me contó que era una de las zonas de mejor ambiente de Vigo.  Acabé en un pub con música tranquila, con unas ganas locas de hablar con alguien, y sin atreverme.  La barra estaba llena de gente que no hacía más que mirar al frente.  Apenas hablaban entre ellos aunque parecía que se conocían.  De vez en cuando hablaban con los camareros.  No me atreví a soltar el "Hola, me llamo Andrés"  La siguiente mañana me desperté deprimido.  Se me pasó con el segundo café.

El viernes santo cogí el tren a Pontevedra, mi segunda parada.  Otra vez el hotel estaba en el centro, al lado del casco viejo, y la estación de tren en las afueras.  Un buen paseo después llegué a mi destino.  Como el día anterior se me había estropeado mi navegador GPS, tuve que orientarme con los mapas de Google en mi móvil.  Es una maravilla tener a tu disposición las direcciones para llegar a cualquier lugar del mundo en tu bolsillo.

Tareixa me había hablado muy bien de Combarro .  Me dijo que estaba cerca de Pontevedra y me decidí visitarlo.  En el hotel me dijeron que estaba a 2 km pero en cuanto se lo pregunté a un taxista me dijo que estaba a más bien 12 km.  Le dije al taxista que me llevara.  Hablamos de la vida en Pontevedra durante el trayecto.  Me dijo que había muy poca oferta de trabajo en esta parte de Galicia por lo cual era muy normal permanecer mucho tiempo en el paro si se perdía el trabajo.

Ya había estado en Combarro anteriormente , en otro viaje a Galicia.  Aún así me encantó.  Una calle estrecha de piedra con muchos  hórreos en la acera que daba hacia el mar.  Edificios de piedra.  Parecía todo antiguo.  Ambos lados de la calle estaban llenos de tiendas abiertas el mismísimo Viernes Santo.  Vendían artículos para los muchos turistas que había paseándose por el pueblo.  A mí con tanto sitio donde comprar se me pusieron los dientes tan largos  como se me ponen en el rastro.  Pendientes, camisetas, regalos, absorbieron bastantes de mis cuartos.  Ahora llevo un pendiente con motivo celta que me compré ahí.  El único momento negativo fue la vuelta a Pontevedra. El autobús llegó con más de media hora de retraso y la parada no estaba señalizada.   

Al llegar a Pontevedra, encontré la oficina de turismo y recogí los planos de rigor.  Seguí una ruta peatonal por el casco viejo recomendado en una de las guías.  Todo este casco era peatonal, con tanto la superficie de las calles como los edificios de piedra.  Me encantan estos edificios de piedra antiguos.  Después de ir al hotel a por ropa de abrigo, volví al casco viejo.  Había oído que al ser Viernes Santo, había procesiones.  Vi cofradía tras cofradía arrastrando o empujando sus vírgenes y cristos.  Algunos de estos iconos iban montados encima de carros mientras que otros era necesario llevarlos a puro golpe de músculo.  Impresiona ver cofrade tras cofrade disfrazado de  Ku Klux Klan.  La cara tapada por la capucha alta y puntiaguda.  Lo único que se veía eran sus ojos, rojos a la luz del flash.  Impresionante tanto fervor religioso. 

Cené un delicioso rodaballo y queso del país.  Después fui buscando algún sitio para tomar la penúltima.  En el segundo sitio al que fui ya tenía unas ganas locas de hablar con alguien.  Al final me atreví a decirle a un grupo la frase mágica de "Me llamo Andrés".  Una de las miembros del grupo era una mujer llamada Teresa que cada vez que me miraba, se reía.  Después de soltarla mi frase mágica pude mantener una conversación normal con ella.  Estoy seguro que Teresa sufrió mi barrido por Pontevedra.  Chatee un tiempo después con otra mujer de Pontevedra y esta me dijo que yo había causado furor por lo completo del susodicho barrido.

El sábado llovía.  Después de encontrar un bar donde tomar mis tres cafés matutinos, compré un paraguas en una tienda de 20 duros.  Después de dos horas de tren y hora y media andando llegué a mi hostal en A Coruña. Me asignaron una habitación limpia, sin ventanas y lo peor, sin enchufe para cargar el móvil.  Salí de mi hostal hacia las 14:00 y no volví hasta pasada la medianoche.  Lo primero que hice fue comer unos deliciosos callos con garbanzos en
un restaurante donde hacía tanto frío que no me atreví a quitarme mi
abrigo todo el tiempo que estuve ahí.  Después vi caer un granizado impresionante en una cafetería donde me recuperaba de la comida a base de cafés y cervezas.

A Coruña me pareció una ciudad muy fea.  Claro, tiene el casco peatonal y el paseo marítimo que son preciosos pero yo me adentré por la ciudad hasta la torre de Hércules.  Toda la zona cercana a este monumento era triste, deprimente, poco estética.    Llovía y hacía mucho viento en A Coruña. Mi paraguas aguantó bastante poco tiempo antes de quedar perjudicado por una ráfaga de viento en las afueras de la ciudad.  Después de la visita a la torre de Hércules y alguna parada estratégica para ingerir cerveza o cenar, ya era la hora de acostarse.  Este día fue el que menos me relacioné con la gente.  Un compañero del trabajo iba a pasar unos días de vacaciones en esta misma cuidad pero por desgracia yo había apuntado mal su teléfono.  El destino no quiso que este día practicara mis habilidades conversacionales.

El domingo santo había quedado con Sofía, la hermana de Tareixa en Santiago.  Gracias a haber cargado el móvil en el bar donde desayuné tenía los medios imprescindibles para contactar con ella.  Al final iba a tener con quien hablar.  Quitando la conversación de Pontevedra, había estado sólo todo el tiempo.  Al final vinieron toda su familia.  Tareixa volvía a Madrid por lo cual lo primero que hicimos, después de las cañas de rigor, fue acompañarla a la estación de tren.  Después me quedé a comer con su familia.  Acabamos en un restaurante donde comí un pulpo a la parrilla esplendido.  Intenté infructuosamente invitar a la familia de mi amiga al manjar que habíamos disfrutado juntos, pero no fue posible.  El padre me vio charlando con el camarero y marcó la ley.  El camarero cuando nos volvió a servir, tenía cara de pocos amigos.  Me quedé con Sofía de juerga hasta las 3 de la madrugada.  El avión salía a las 7 por lo cual otra vez me tocaba coger un taxi después de haber dormido muy poco.  El día siguiente fui a trabajar.  Si no hubiera sido porque conseguí dormir en el avión me habría ido a mi casa.  Estuve mareado todo el día.

Me asustó mucho hacer esta peregrinaxe pola Galiza urbana sólo.  Afortunadamente me gusta mi propia compañía, por lo cual no me aburrí ni lo más mínimo.  Cuando estaba parado en un bar o un restaurante me dedicaba o bien a escribir cartas o correos electrónicos con mi móvil.  Escribir me chifla y dedicarle los momentos muertos a mi pasión hizo que el tiempo se me pasara volando.  Por desgracia mi móvil se desconfiguró durante la semana santa.  Al llegar a Madrid vi que había nueve correos electrónicos pendientes de enviar. Fui capaz de sacarlos del móvil y mandarlos desde mi ordenador pero salieron con bastante retraso.

 Besos,

Andréso 

 

 

 

 

El servicio técnico de Orange es pésimo

A mí un proveedor que no ofrece un número gratuito para gestionar la cuenta de sus clientes ya por sí me parece una compañía pésima.  Orange ofrece el número gratuito 1414 pero este número es únicamente para altas nuevas.  Curiosamente en su sección de Internet y telefonía quieren que llames al número 902 012 240.  Osease aunque existe la opción de darse de alta en Orange, estos ladrones prefieren que llames a un número de pago que no está incluido en ninguno de los planes de llamadas gratuitas que se contratan al dar de alta la mayoría de las líneas ADSL.  Ahí se ve la ética de una empresa que miente diciendo que tiene un servicio técnico excelente y además te engaña sugiriendo que llames a un número de pago para darte de alta cuando disponen de un número gratuito para esos menesteres.  Osease en vez de informarte de que puedes darte de alta gratis esperan que pagues 9 centimos el minuto llamando desde un fijo y 48 centimos el minuto llamando desde un móvil.

Si ya eres cliente particular tienes que llamar a otro número de tarificación especial, el 902 012 220 para gestionar cualquier aspecto de tu cuenta.  Según No Más Números 900 en su sección de Orange , llamando al número fijo 912 521 200 durante horario de oficina puedes hablar con una operadora pulsando la tecla almohadilla de tu teléfono (#) que luego te transfiere al mismo contestador que llegas llamando al 902.  Ese número fijo estandar lo probé el 15 de marzo y no hubo ningún gasto adicional para hacer la llamada.  Otro ejemplo de la gran ética de esta empresa que miente jactandose de su maravilloso servicio de atención al cliente.  En No Mas Números 900 también mencionan que llamando al 900 900 067 llegas al mismo contestador enrevesado que con el número de pago. Este número no lo he probado todavía por lo cual no sé si te permite llamar gratis al servicio de atención al cliente.

Si llamas al número de atención al cliente te encuentras unas opciones de menú laberínticas de tres o cuatro niveles de profundidad.  Marque 2 para clientes existentes y esas cosas.  Maravillosamente bueno se podría decir muy irónicamente.  Lo que de verdad demuestra la calidad del servicio es que si te equivocas en la maraña de menús, te dicen que tienes que llamar de nuevo al excelente servicio de atención al cliente.  No te pueden transferir si te equivocas.  Una de mis múltiples llamadas la gestora me dio una secuencia de teclas equivocadas para llegar al servicio técnico donde quería llegar.  Osease encima que te obligan a llamar de nuevo en caso de que te equivoques te dan la combinación de pulsaciones equivocada para que tengas que volver a llamar al dichoso número 902.  Un servicio de atención al cliente maravilloso.

Una vez que llamé al número fijo que corresponde al 902, estuve en la cola de llamadas una hora.  Al final me cansé y colgué.  Imaginate la factura de teléfono pagando 9 centimos al minuto para encima no poder hablar con nadie.  Como se preocupan por sus clientes esta mierda de compañía.  Luego está la especialización de los departamentos.  La semana pasada hice unas 10 llamadas a Orange intentando conseguir mis datos de acceso al área de clientes de la Web para así poder consultar mis facturas.  No lo he conseguido todavía.  Cada departamente está tan especializado que si te equivocas pulsando cualquier tecla en el laberinto que es el menú del contestador de Orange tienes que volver a marcar el dichoso número 902.  Me encanta que una gestora no esté autorizada para transferirte a otro departamento.  Me encanta que no sepa la secuencia de pulsaciones necesaria para llegar al departamento que quieras llegar.

Tengo una amiga que ha trabajado durante varios años como gestora para Orange.  La pagaban 750 euros al mes.  Tenía únicamente 20 minutos para comer en toda su jornada laboral.  En el caso que se la ocurriera hacer cualquier llamada desde su teléfono al exterior incurría en una falta que suponía un castigo de dos días sin sueldo.  Por esta mierda de condiciones esperan que un gestor se pase las ocho horas al teléfono.  Un buen servici de atención al cliente tiene que tratar bien a sus trabajadores.  Abusando de tal forma de sus gestores ya se ve la calidad de servicio que ofrece Orange.  Les pagan un sueldo mísero y además las condiciones laborales de los gestores son pésimas.  El que te puedan llegar a mantener una hora en la cola de espera para hablar con un operador es otro ejemplo de lo racana que es esta empresa.  Además de pagar a sus trabajadores una miseria se ahorran los cuartos contratando tan pocos que para hablar con alguien si llamas a los números que recomiendan, te arruínas.  Cobrando tan poco es normal que los trabajadores salgan espantados por lo que lo habitual hables con una gestora que acabe de cometer el error de trabajar en estas condiciones tan pésimas y por lo tanto no sepa nada de como funcione el sistema.

Orange cuando lanzó su campaña de que proporcionaba un buen servicio de atención al cliente incurrio en la falta de hacer publicidad engañosa.  Directamente mintió porque ofrece uno de los peores servicios de atención al cliente que he tenido la desgracia de contactar.  Números de tarificación para hablar con alguien, opciones laberínticas, si te equivocas tienes que volver a llamar al número de atención al cliente, no te pueden transferir al departamento, esperas interminables para poder hablar con una gestora, gestoras que no saben nada.  No cometas el mismo error que yo contratando esta compañía que miente de esta forma tan descarada.  Buen servicio técnico. JA JA JA JA JA.

Besos,

Andreso

El fin de una era

En nuestra empresa hacíamos tele trabajo.  No podíamos trabajar en la empresa contratante por motivos sindicales.  Habían hecho una regularización de empleo y el sindicato se oponía con uñas y dientes a que subcontratados sustituyeran sus antiguos miembros.  Nos conectábamos a través de una VPN a la red interna del contratante.  A nuestro supervisor en la empresa contratante le gustaba saltarse a la torera las políticas de su empresa.  Casi todos los que hacían tele trabajo, únicamente podían acceder a las aplicaciones que les eran imprescindibles para hacer su trabajo.  Nosotros teníamos acceso completo a varios servidores.  Otro ejemplo saltarse las normas de su empresa era que, aún habiendo una política de cambiar regularmente las contraseñas, todos los servidores tenían la misma contraseña.  Era una palabra muy fácil de recordar.  El no se había preocupado de cambiarla en más de tres años.

Enseguida empecé a tener fricciones con el supervisor en la empresa de telecomunicaciones.    Había el típico problema de comunicación.  El supervisor en vez de dedicar el tiempo para que yo le pudiera comprender mejor, se quejaba directamente a mi jefe.  No me gustaba que no dedicara el suficiente tiempo a conseguir una comunicación fluida. No todos comprendemos lo mismo.  Me resultaba incómodo este trato.

Una de las funciones del supervisor era la de administrador de sistemas de su departamento.  La aplicación que usábamos para contactar con la VPN y administrar remotamente los servidores permite supervisar lo que se hace.  Se puede ver en todo momento lo que el trabajador remoto ve en pantalla.  Además se guarda un registro de todo lo que ha visto desde que inició la conexión en caso que haya que emprender acciones legales.  Nuestro supervisor tenía acceso a esta aplicación.  Según el nuestro analista nuestro supervisor tenía continuamente seis o siete ventanas abiertas donde monitorizaba a todos los trabajadores externos de su departamento.

Al supervisor le gustaba jactarse de que estaba vigilando en todo momento el trabajo de los externos.  Pensaría que al sabernos vigilados, no nos atreveríamos a distraernos.  Lo único que consiguió fue reducir mi calidad de vida.  Su forma habitual de decirnos que hiciéramos algo era hacer aparecer una ventanita en nuestro monitor.  Usaba un programa que es parte del sistema operativo.  En ocasiones he llegado a mantener conversaciones con el supervisor, el con sus ventanitas y yo escribiendo en un editor de texto.

Yo no tardé en llegar a la conclusión que los repetidos mensajes, ese insinuar que más me valía espabilarme en el trabajo constituían acoso laboral.  No puedo hacer nada respeto a ser vigilado, pero que se ensañen en hacérmelo saber, va más allá de lo que me gusta soportar.  Cometí un error muy grave.  A pesar de haber trabajado en la informática más de siete años, no me acordaba que la tecla de Imprimir Pantalla captura  la pantalla, permitiendo mostrar su apariencia en un momento determinado.  Si lo hubiera recordado, habría hecho una captura de pantalla cada vez que me hubiera mandado uno de sus mensajes  Si hubiera hecho las suficientes capturas habría llevado al supervisor y a su empresa a juicio por acoso laboral.

Aparte de los continuos mensajes que aparecían en mi pantalla, el primer evento que hizo insostenible mi situación ocurrió aproximadamente un mes antes que me fuera.  El analista de nuestra empresa estaba visitando al cliente.  Yo había acabado mis tareas y le había solicitado más trabajo a nuestro supervisor en la empresa de telecomunicaciones.  El supervisor estaba demasiado entretenido con nuestro analista como para asignarme ninguna tarea.    Yo mataba  el tiempo hasta que llegara la hora de irme a casa.  Al final decidí documentar algunas de las tareas que seguramente tendría que volver a hacer.  A la hora de rellenar el parte de horas justifiqué las horas que había estado inactivo como que estuve haciendo documentación.  El supervisor me estaba espiando en ese preciso instante.  Me puso uno de sus malditos mensajitos en la pantalla preguntándome que estaba documentando.  Al poco me llamó de malas maneras preguntándome lo mismo.  Yo en vez de de decirle que me pareció muy fuerte apuntar en mi parte de horas que no me habían asignado ninguna tarea, le intenté apaciguar.  El supervisor además de demostrarme que me espiaba, me humilló.

La gota que colmó mi vaso ocurrió unas semanas después.  Me habían asignado una modificación de un registro de una tabla de muchos campos en la base de datos del servidor de producción.  Era un trabajo fácil pero al modificar tantos campos, la tarea llevaba bastante tiempo y requería mucha concentración.  Al cabo de una hora, ya había conseguido hacer la tarea en el servidor de prueba.  Acabar la tarea en el servidor de producción era cuestión de copiar y pegar.  Se me fue el santo al cielo.  Aún no habiendo acabado la tarea, estaba tan contento que decidí tomarme un merecido descanso.  El supervisor, como de costumbre, me estaba espiando.  Le pareció excesivo el tiempo que tardé.  Me volvió a llamar de malas maneras.  Después de muchas vejaciones le admití al supervisor que me había distraído.

Me pillé un cabreo impresionante con la última vejación del supervisor.  Le escribí un correo electrónico a mi jefe diciéndole que no le aguantaba.  Mi jefe decidió suspender el supervisor entre el supervisor y yo.  El supervisor no trataría directamente conmigo sino únicamente a través del analista o mi jefe.  Eso no ayudó.  La semana siguiente fui al trabajo sin ninguna ilusión.   Este trabajo había pasado de ser un placer a ser una carga debido a las vejaciones que había sufrido por parte del supervisor.  Me había desaparecido la alegría de vivir.  En el trabajo, cada vez que me distraía, me entraba miedo de que el supervisor aprovechase la ocasión para vejarme otra vez.  Aún cuando yo no tenía suficientes tareas, hacía grandes esfuerzos para aparentar estar ocupado.  No ayudó que el analista pasó la semana en las oficinas del cliente.  Tuve demasiado poco trabajo. 

Yo estaba deprimido en casa.  El supervisor había podido con mi alegría de vivir.  Una amiga me notó muy bajo.  Mi psicóloga me notó muy bajo.  Yo llegué a la conclusión de que las vejaciones del supervisor me habían provocado una depresión.  Pasé el fin de semana con otra amiga.  Le conté lo que me había pasado.  Ella me dijo que consideraba mi situación una de acoso laboral.  Decidí  dejar el trabajo.  Era la primera vez que alguien me acosaba laboralmente y no lo iba a consentir.

El domingo, al regresar a Madrid, me enteré que el supervisor quería que yo fuera a las oficinas centrales.  Después de las vejaciones anteriores a las cuales me había sometido el supervisor, yo no tenía ningún interés en volverle a ver.  Antes de acostarme había tomado la decisión de dimitir.  El lunes decidí que me convendría en vez de dimitir, pillarme una baja por depresión.  Avisé a mi jefe de mis intenciones.  Le pilló desprevenido que me hubiera afectado tanto el supervisor.  Ya se había comprometido a que yo fuera a visitar el cliente.  Por desgracia para él yo no pude soportar la idea de que el supervisor tendría la posibilidad de humillarme en persona en vez de por teléfono.

La baja por depresión que me pillé no fue fingida.  El toma y daca con el supervisor me habían provocado una depresión situacional.  En otras palabras, era una depresión con una causa clara.  Me hubiera gustado mucho permanecer de baja hasta encontrar un trabajo nuevo. Por desgracia no fue posible.  La baja la pillé un lunes.  El viernes viajaba a Noruega en avión.  Si no hubiera salido del país habría seguido de baja.

Al volver de las vacaciones dimití.  Además del temor de que el supervisor me volviera a provocar una depresión, está el hecho que a mí me cuesta mucho perdonar una falta grave.  El que un supervisor me provoque una depresión a base de hacerme saber repetidamente que me estaba espiando, y además aprovechar su espionaje para humillarme con sus malas formas, lo consideré una falta muy grave.  Le guardaba demasiado rencor al supervisor para seguir trabajando en ese proyecto.  Mi empresa afortunadamente no tenía más proyectos.  Podía emprender una nueva fase de mi vida

Esto era el final de una era.  Llevaba más de seis años con la empresa que dejé.  Ya me había estado planteando dejarles durante bastante tiempo.  No eran buenos comerciales.  La mayor parte del tiempo únicamente tenían un cliente grande que les pagaba las facturas.  No eran capaces de conseguir los suficientes contratos.  Hace tres años perdieron a su único  cliente de entonces y me despidieron.  Seguí colaborando con ellos, primero en negro y luego coma autónomo.  Cuando consiguieron el contrato con la empresa del supervisor, su situación empresarial mejoró mucho.  Cuando me ofrecieron participar en el proyecto, pedí que me hicieran un contrato por cuenta ajena.  Al no haber más contratos, mis oportunidades de aprendizaje eran demasiado reducidas.  Esa era la principal razón por lo que llevaba algún año deseando dejar la empresa.  El guardarle tanto rencor al supervisor y que no hubiera más contratos fue el empujón que necesitaba para buscarme la vida.

En mi antigua empresa me han tratado muy bien durante muchos años.  Durante ese tiempo me han pagado las facturas y me han permitido disponer del suficiente tiempo libre.  Los jefes me tenían afecto y yo les tengo afecto.  No les traté bien dejándoles colgados en el último momento con mi baja por depresión seguida de mis vacaciones y mi dimisión.  No les di el suficiente aviso de que la situación se estaba haciendo insostenible para mí.  No se me ocurrió avisarles de que cada vez estaba menos a gusto en el trabajo.  Como ellos me dijeron cuando dimití, ellos me tienen el suficiente afecto para remover cielo y tierra para que me encontrase a gusto.  Cuando yo llegué a la conclusión de que estaba sufriendo una depresión por acoso laboral ya era demasiado tarde.

El Andreso