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Camino Caminante Vereda

Impresiones de Tunez

Volamos otra vez con Air Europa, sin duda una de las peores líneas aéreas en existencia.  Además de no ofrecer ninguna consumición gratuita, venden productos de baja calidad a un precio importante.  Ninguna atención con los clientes y encima ocupan el pasillo con su carrito de la estafa.  Pusieron publicidad de su "maravillosa" empresa todo el vuelo.  Parece que los muy ilusos hasta tienen un programa de fidelidad.

Debe de ser muy incómodo para un árabe entrar en Europa.  Le deben de hacer la vida imposible.  Si no, no se explica el panorama que nos encontramos en las aduanas.  Colas larguísimas, atendidas por agentes muy pausados.  Para más inri había que pasar por un detector de metales antes de recoger la maleta.  Viendo las trabas que les ponen a sus ciudadanos en países occidentales, nos han decidido dar un trago de nuestra propia medicina.  El control tenía muy poco que ver con seguridad y mucho con hacer perder el tiempo.  No demasiado.  Si fuese demasiado no volveríamos a pisar el país.  Necesitan el dinero de nuestro turismo.

Primer día, primer escarmiento.  Un moro muy guapo nos ofreció una excursión gratis.  Nos quedamos muy sorprendidos cuando vimos que estábamos solos en el taxi.  Era el timo de las alfombras.  Mucha gente, acojonada por el panorama se gastó miles de euros por temor a que dejasen sus cuerpos sin vida en una zanja.  Lo gracioso es que el moro trabaja en el hotel Globalia Savana.  Por lo menos llevaba una tarjeta que le identificaba como empleado.  Parece que el hotel no satisfecho con los ingresos por alojamiento y bebidas, se quiere sacar pelas con la estafa de las alfombras.

Tuve la impresión que muchos moros que trabajan cara al turista nos desprecian.  Han visto suficiente desaire por parte de algunos occidentales para tenernos asco a todos.  Te piden un cigarrillo y cogen dos.  Regateas y te estafan.  Se pegan como lapas si te paras a mirar algo en sus tiendas.  El primer precio que te ofrecen es tal estafa que me apetece darle un plantón.  Me siento objeto de discriminación.  Claro está, ellos viven ahí y nosotros no somos más que visitantes.

Lo que los occidentales  estemos mal vistos en Túnez, tiene lógica.  Ha habido muchísimos siglos de racismo y desprecio contra los moros.  El desprecio genera desprecio.  Si has oído que alguien te detesta y has estado lo suficientemente expuesto al otro para ver algunos desplantes a tu cultura es muy fácil detestar a todos los que son diferentes.

Nos dimos cuenta que en cuanto nos alejábamos un poquito de las zonas turísticas,  el trato era muy correcto.  No habían aprendido a tratar al extraño como un inferior.  Nos respetaban.  Parece que la tendencia es darle el beneficio de la duda al extraño.  Los que trabajan cara al turista se han dado cuenta de cosas de los turistas que no les atraen.  Viendo cosas que no te gustan en algunos integrantes de un colectivo, es fácil generalizar.

La configuración de la zona turística en la que estamos no ayuda al entendimiento.  Los únicos árabes a los que estamos expuestos o bien nos están sirviendo o bien nos están vendiendo cosas.  Los tunecinos viven al otro lado de una valla.  Dentro de la valla hay además muchos hoteles.  Únicamente hay una entrada al recinto de los hoteles.  Encontramos otro recinto con solo una entrada donde había clubes de lujo y mansiones. El ciudadano medio tunecino no tiene acceso a la zona de hoteles.  Únicamente se ven tunecinos que o bien trabajan cara al turista o bien trabajan en la construcción.   Guardias de seguridad se encargan de evitar que los nativos puedan acceder a los hoteles.  No hay sensación de encontrarse en África.  Esa es la sensación que quieren transmitir las grandes cadenas hoteleras.  Los moros a tu servicio.

Pesadilla con Google

La primera vez que verifiqué lo que Google tenía indexado de mi Web me quedé horrorizado.  Ejecuté site:andreso.net   y vi que todas mis páginas de contenido tenían el id de sesión en la URL.  Esto significa que la parte final de los enlaces que almacenaba el buscador contenían algo como &PHPSESSID=A53cdp1sst2rev.  Ese identificador de sesión es diferente para cada visitante.  Al visitar una página varias veces y ver que los enlaces son distintos pero que el contenido es el mismo los buscadores te castigan.  Los buscadores detestan el contenido duplicado.

Lo peor de todo fue la galería de fotos que instalé.  La primera vez que me conecté al panel de administración de la galería vi que tenía la opción de mostrar los mensajes internos en varios idiomas.  Además existía la posibilidad, pulsando un simple enlace, de cambiar el lenguaje en el que se muestran estos mensajes.  Lo activé.  En cada página de mi galería había una cabecera con la bandera más representativa de cada lenguaje.  Pulsando a esa bandera se cambiaba el leguaje.

Google encontró los enlaces de los distintos lenguajes.  Cuando un buscador analiza una página, va apuntando todos los enlaces para visitarlos luego.  Guarda una lista de todos los enlaces que aparecen y va visitándolas de una en una.  Si hubiese más enlaces, los agregaría a la lista.  Google había conseguido enlaces de las páginas de mi galería de fotos en muchos idiomas.   Visitaba toda la galería en cada uno y todos de los idiomas que tengo.  

La primera medida que tomé fue modificar la galería para que en las cabeceras informase a los buscadores que no quería que estas páginas se indexasen.  No funcionó.  Verificando mi Web en Google veo que casi todas las páginas almacenadas son unas pocas páginas de la galería en distintos idiomas.  Lo que me interesa que aparezca, lo que escribo en este página, no está en la lista.  

Hay un fichero llamado robots.txt que lista las páginas y carpetas que se quiere evitar que aparezcan en los buscadores.  He añadido la galería de fotos a este fichero.  Además he cambiado el programa que muestra mi Web.  Ahora tengo enlaces bonitos, sin parámetros, en todo mi contenido.  Me he apuntado a un servicio de Google que muestra como el buscador ve mi Web.  Según este servicio el 80% de todas mis páginas están

en chino.  Los efectos colaterales de permitir mostrar una interfaz en varios idiomas.  El primer enlace de mi página principal apuntaba a la galería de fotos.  El primer enlace de la galería de fotos era para mostrar el interfaz en chino.  También tenía páginas en coreano y turco.

Ya llevo casi medio año intentando solucionar el problema que mi poco conocimiento del funcionamiento de los buscadores causo.  Lo último que he hecho es mover mi galería de fotos de sitio.  A ver si eso funciona.

Para evitar mostrar páginas basura, Google mantiene las Web poco importantes, como la mía, en cuarentena.  Lo llaman The Google Sandbox.  Dicen que pasados varios meses ya sales de la cuarentena.  Yo todavía estoy ahí.  Ningún artículo de los que he escrito desde que cambié el software del portal están listados.  Está claro que sin los buscadores no voy a conseguir que nadie lea lo que escribo.

 Andreso

Navidad en Montreal

Como siempre llegué al aeropuerto con más de dos horas de antelación.  Estuve con mi padre casi una hora antes de dirigirme a mi puerta de embarque.  Cuando al final me cansé de la humillación de estar de pie en la jaula de fumadores que usan para marginarnos, me di una vuelta por el aeropuerto.  Tuve la inmensa suerte de encontrar un bar con sección de fumadores.  Mientras me tomaba un copazo, cogí fuerzas para las muchas horas de abstinencia que iba a pasar.

Este viaje fue el primero donde utilicé el tabaco de mascar sueco "snus".  El experimentó fue todo un éxito.  El snus que utilicé viene en bolsas como las de té, con un gramo de tabaco en cada bolsa.  Es tabaco picado muy finamente al cual se ha agregado agua para hacerlo muy húmedo y sal para darle sabor.  Al colocarme una bolsita debajo del labio superior, aguanto casi una hora sin ansiedad.

El único problema de British Airways es que pertenece a un país anglosajón.  En ese estado como en los demás de su calaña, le dan mucho bombo y platillo al tema de seguridad.  El aeropuerto de Heathrow en Londrés es el único al cual he ido donde nos hacen pasar por un detector de metales haciendo un transbordo.  Eso lleva bastante tiempo.   Hay colas ingentes.  

Al llegar a Montreal, mi maleta no aparecía.  Pregunté en equipajes perdidos.  Había un atasco en la cinta.  Al salir por el control de seguridad me revisaron la maleta.  Aunque llevaba algunos artículos que rayaban en la ilegalidad, como un programa que había grabado para mi hermana y un pelín demasiado de tabaco, no tuve problemas.  No me pusieron ninguna pega.  Finalmente pude ver mi hermana.  Ella llevaba hora y media esperándome,  Estaba tan harta que, bajo ningún concepto, estaba dispuesta a esperar hasta que yo me acabase mi primer cigarrillo de la libertad.

La segunda noche que pasé en Montreal salí con un antiguo amigo mío.  Quedamos en un garito próximo a la casa de mis padres.  Ahí elaboran su propia cerveza.  Montreal está llena de bares donde son artesanos del agua de cebada.  También hay varias fábricas pequeñas llamadas "microbreweries".  Estas hacen sus propios caldos.  Personalmente los encuentro deliciosos.  La producción anual conjunta de estas micro cerveceras, es más pequeña que lo que se desperdicia en un solo mes en una fábrica grande.  Montreal es la parte del mundo donde se puede comprar la cerveza que me resulta más deliciosa.  Aquella noche hubo oportunidad de beber mucha cerveza.  Tanta que hacia la una de la madrugada ya me estaba quedando dormido.  El alcohol y la diferencia horaria fueron demasiado para mi cuerpo de casi de 40 tacos.  Volví andando a mi casa.  Una hazaña nada despreciable teniendo en cuenta que estuve andando más de media hora a temperaturas inferiores a veinte bajo cero.

El día siguiente fui a comer a casa de una amiga.  Ella se había comprado un piso nuevo unos meses atrás.  Yo salí de casa de mis padres con bastante retraso al haber hecho mella la resaca.   Después de un largo viaje en transporte público llegué a la zona donde vive mi amiga.  Llegué a los números impares.  No fui capaz de deducir por mi mismo que ella vive al otro lado de la calle.  La llamé diciéndola que ella me había dado mal la dirección, que el número no existía.  No se me ocurrió que tuviera que cruzar al otro lado de la calle.  Ella me echó la bronca por llegar tarde y por dudar de su palabra.  Para desgracia mía ella no cocina bien.  Fue una comida para olvidar.

Me lo pasé muy bien con la familia en estas vacaciones aunque únicamente me dejaron fumar en mi antigua habitación y en casa de mi hermana.  Me encantó estar con ellos.  Habían pasado muchos meses desde que les vi por última vez.  Les echaba de menos.  Comí muy bien estas vacaciones.  Entre el funeral en Noruega, las tres semanas que pasó mi padre en Madrid, donde comimos fuera casi todos los días, y las dos semanas en Montreal, engordé cuatro kilos.  Después de tanto el ganso de Noche Buena como del pavo de Navidad, me fui a la cama con la sensación de ser una foca obesa.  Eso jamás me había pasado antes, aunque me sobran bastantes kilos.

Cuando volví a quedar con mi amigo, cenamos en otra de esas cervecerías que hacen su propia cerveza.    Al cerrar este bar muy temprano, acabamos en el garito de la primera noche.  Bebimos mucha cerveza.  Hacia el final de la noche se me acabó el tabaco.  Un paquete me costó casi seis euros.  En Canadá los paquetes de tabaco llevan impresa una imagen para demostrar lo malos para la salud que son.  Las advertencias sanitarias vienen tanto en inglés como en francés.  Impone.  

Estaba bastante borracho cuando empecé la caminata hacia casa.  Mi madre se quedó despierta, mirando por la ventana, hasta que me vio.  Las madres como son.  En Montreal oí en la radio de un hombre de más de 50 años que fue a visitar el pueblo donde vivía su madre. Salió hasta tarde una noche.  Cuando volvió  se encontró a su madre de más de 80 años esperándole despierta, sentada en un sillón.  La pobrecita le dijo que había estado muy preocupada.  Hacía más de 30 años que el hombre se fue de casa.  El día siguiente mi madre me dijo que muchos hombres de 80 años andaban más deprisa de lo que yo lo hice camino a casa.  Claro, entre la borrachera, la nieve que había caído y estar cargado de regalos, preferí no arriesgarme.

El viaje de vuelta fue bien.  Conseguí dormir unas horas.  Otra vez utilicé snus para quitarme el mono.      Cuando llegué a Londrés, después de andar y andar hasta llegar al control de seguridad, encontré una zona de fumadores donde me dio tiempo de fumar hasta saciarme. 

 

Andreso 

Operación Triunfo

Yo decidí ver este evento televisivo su primer año.  Había oído que esto se trataba de un programa de calidad.  Una cosa distinta a la mierda que se suele ver en televisión.  Encendí la televisión.  Lo primero que vi es que anunciaron números de tarificación especial para salvar a tú concursante favorito.  A mí los números de tarificación especial me parecen un atraco a los ignorantes.  Desde ese momento le pillé odio a ese concurso como a cualquier programa cuya fuente principal de ingresos sea que alguien en su casa decida gastarse más de 150 pesetas en intentar salvar a su concursante favorito.  

Otro motivo por el cual le cogí asco al programa es que una persona pueda votar las veces que quiera.  No gana el más popular, sino el qué más ingresos haya generado a la cadena de televisión.  Este es otro claro ejemplo de los programas de televisión, generalmente de bajo coste, basados en atracar a todos los que puedan.  Las productoras no se conforman con el pastón que recaudan a través de la publicidad.  Encima hacen concursos donde cada persona pueda votar tantas veces quiera.  Los que se empeñan en que su concursante no sea expulsado podrían llegar gastarse cientos de euros sin nada a cambio.  Esto es un robo.  Odio los programas basados en robar al público.

En la primera temporada de OT, le cogí tal desagrado que tardé muchos años en ver un programa entero.  Me pongo nervioso cada vez que oigo una canción de alguien que crea provenir de esta primera temporada.  Detesto a David Bisbal con toda mi alma, porque lo identifico como proveniente de ese atraco.  Afortunadamente no recuerdo ningún otro concursante.  Considero que todo lo que haya salido de este programa basado en robar al incauto es deleznable.  La razón es simple: odio a los ladrones.  Un concurso donde se premia al que más fondos haya recaudado no está basado en talento.  Está basado en robar.

A mi novia le gusta mucho OT por lo cual lo he visto algunas veces en su casa.  Veo fácil que te puedas encariñar con algún concursante.  Además sus actuaciones son bastante entretenidas.  También es posible seguir sus vidas durante el tiempo que permanezcan encerrados, lo que satisface las necesidades de ser unos mirones que por lo menos yo tengo.  

Mi primera impresión del programa, formada durante su primera temporada, fue corroborada.  El presentador no hacía más que animar a los espectadores a votar.  Los precios de los números de tarificación especial estaban escritos, en el fondo de la pantalla, en una letra tan pequeña que no se puede leer.  Quien vota no puede saber de antemano cuanto se va a gastar en su voto.  Nada te impide votar decenas de veces.  No siempre cuentan tu voto.  En efecto, Operación Triunfo está basado en atracar a los ignorantes.  La cadena que lo echó, además del pastón que se llevó por la publicidad, se forró a base de robar a los menos informados.  Ladrones.

El padre de mi novia

No estoy nada de acuerdo con que se permita a los familiares pasar la noche al lado de su enfermo.  Supone demasiada interferencia en su vida.  Mi novia no fue a trabajar ni uno de los días en los cuales su padre estuvo en el hospital.  Sus vida estuvo limitada a estar al lado de su padre y a recuperarse de haber pasado la noche en una butaca incómoda.  Eso no es vida. 

Los horarios de visita por parte de los familiares deberían ser bastante limitados.  Es necesario proteger a las familias.  Si la familia es grande, los familiares se podrían turnar.   La estancia en el hospital no sería excesivamente disruptiva para nadie.  El problema es que hay muchas familias pequeñas.  Hay gente que si les permiten hacer guardia al lado de su ser querido, no se apartan de su lado.  Demasiado tiempo de guardia acaba siendo perjudicial para el bienestar de los familiares.  Además muchos pacientes pierden facultades mentales, o están en dolor, lo que hace acompañarlos mucho menos soportable.  Hay gente que pasa meses en el hospital.  Meses de ver un ser querido incómodo, sufriendo, puede con el más fuerte.  Un gran sentimiento de impotencia.  Nada que se haga mejora la calidad de vida del enfermo.  Desesperante.  Los acompañantes están impotentes.

Para el establecimiento médico es muy cómodo tener un familiar de guardia las 24 horas del día.  No se tienen que preocupar de dar de comer a los que no se valen por si mismos.  Tienen una enfermera que les sale gratis.  No se tienen que esmerar en seguir el estado del enfermo.  El ahorro para los hospitales no compensa lo quemados que acaban los familiares después de sus guardias interminables.  Por ahorrarse cuatro duros.  La calidad de vida de los familiares que se obligan a si mismos a estar siempre de guardia, mejoraría inmensamente si estuviese prohibido pasar tantas horas al pie del cañón.  Es necesario velar por el bien de la familia además de velar por el bien del enfermo.  Eso no se está haciendo.

 El andreso.

Cinco días en Noruega

Para el vuelo de ida utilicé parches de nicotina, para evitar el mono.  Tenía miedo de perder la correspondencia ya que mi vuelo salió de Madrid con retraso.  Afortunadamente no hubo problemas.  Compré "snus" en el aeropuerto en Noruega antes de pasar la aduana.  En ese país, hay un duty free donde se recogen las maletas.  Es un tabaco muy húmedo.  Se mete una pizca debajo del labio y durante algún tiempo la nicotina es absorbida.   Me era necesario comprar este producto ya que en Noruega está prohibido fumar excepto en el exterior.

Un primo mío me estaba esperando cuando salí de la tienda libre de impuestos.  A el, como a cada uno de mis familiares que vi este viaje le dije: "Qué alegría verte.  Pena que sea en estas circunstancias."  Estuve un rato con mis tía y mi madre.  Mi madre al enterarse de la muerte de su hermano, empezó a buscar vuelos de Montreal, donde vive, a Oslo.  Ella había casi desistido cuando al final encontró uno barato.   Llegó varias horas antes que yo.  Las mujeres de la casa habían preparado una deliciosa cena.  Mi tío es el director de la agencia responsable de recaudar impuestos en Noruega.  El estabas trabajando en el norte del país y no volvía hasta el día siguiente cuando íbamos a ir juntos al entierro.  Me acosté justo después de hablar con la novia por teléfono.  Yo estaba rendido.

Al día siguiente madrugamos mucho.  El vuelo salía a las 9 del aeropuerto de Oslo.  Era necesario disponer de tiempo para ponerse la ropa de gala antes de salir de casa.  Toda la familia, excepto una prima, fuimos en el mismo vuelo. El grupo eramos mi madre, dos tíos míos, la tía en cuya casa vivía, el primo que me recogió y dos primas.  Una tía no pudo ir ya que estaba recibiendo quimioterapia.  Ella temía que el avión se cayese y que ella se quedase sin familia.  El vuelo a Trondheim, donde se celebró el entierro, duró menos de una hora.  Es uno de los vuelos que más me ha gustado.  Era de bajo coste por lo cual los azafatos no servían nada.  Eso significaba que los pasillos del avión estaban libres todo el tiempo.  No hubo nunca atasco para ir al servicio.  Era como un autobús.  Los asientos no estaban numerados.  Te sentabas donde quisieses.  Me gustó mucho el vuelo.

Una vez llegamos a Trondheim, cogimos el autobús para ir a la ciudad.  70 coronas o casi 10 euros.  Para matar tiempo fuimos a una cafetería para merendar.  Un café vale 21 coronas o tres euros.  En este sitio se podía rellenar la taza cuantas veces se quisiese.  Después de tanto café, era necesario vaciar la vejiga.  Había un único servicio, común para hombres y para mujeres, en todo el centro comercial.  Entre todo el grupo estuvimos esperando más de una hora para entrar.  Un hombre no quería salir.    No parábamos de quejarnos.  Ningún agente de seguridad apareció.  Probablemente se trataba de un heroinómano al cual se le había ido un poco la mano.   Los de seguridad debían estar hartos.  Desistimos de esperar más cuando llegó un joven con claros síntomas de mono.  Al final fuimos a los servicios de un hotel cercano.

Como todavía faltaba bastante tiempo para que empezase el entierro, decidimos ir a la catedral de Trondheim, la cual estaba cerca.  Estuvimos 15 minutos andando sobre la nieve.  Hacía 12 grados bajo cero.  Mi madre iba agarrada de mi brazo ya que las aceras estaban resbaladizas y su calzado no agarraba.  La catedral es el típico edificio gigantesco de piedra del siglo XII.  Lo más destacable es que por dentro, era tan oscura que no salían las fotos sin flash.  Por supuesto el Flash estaba prohibido.  Ninguna foto salió bien.

Llamamos a dos taxis para que nos llevasen a la iglesia.  Esperamos más de un cuarto de hora en el frío helador.  Yo me subí al primero.  Cuando llegamos a la iglesia, los más allegados al fallecido estaban sentados en las dos primeras filas.  Nosotros nos pusimos justo detrás.  Me chocó que no había ningún sitio para ponerse de rodillas. Parece que esto no es parte del ritual protestante.  Aunque soy bastante alérgico a las ceremonias  religiosas esta fue llevadera porque hacía mucho frío fuera.  No es como España donde hay un bar delante de cada iglesia.  Además me dio corte abandonar mi familia.  El cura estuvo haciendo un resumen de la vida de mi tío.  Mi tío era un ingeniero del sector petroquímico.  Había participado en muchas innovaciones.  Había sido un buen padre y un buen abuelo.  Había destacado desde joven.   A los ocho años cubrió el puesto de mi abuelo cuando este estuvo de baja.

Llamamos otra vez a dos taxis para que nos llevasen a la recepción.  Esta vez uno de ellos era un maxitaxi.  Un minibús de 10 plazas.  Tardó más de 20 minutos en llegar.  Para entonces los dedos de mis pies me dolían por el frío.  Las molestias duraron varias horas.  No ayudó ni siquiera que me cambiase de calzado.

La comida era un plato único de salmón.  De postre hubo tarta.  A los niños les dieron salchichas.  Un primo mío entabló negociaciones infructuosas con el mayor intentando obtener sus salchichas.  El chaval no se dejó engatusar.  Había barra libre de refrescos.  Por desgracia no servían ninguna bebida alcohólica.  Al final de la cena bastantes de mis familiares hablaron recordando la maravillosa persona que había sido mi tío.  A varios de mis primos no les había visto en más de 10 años.  Es una pena que las circunstancias fuesen las que fueron.

Según lo que oí, mi tío tenía un riñón mal y se lo tenían que extirpar.  Algo fue mal en la operación.  Mi tío perdió más de dos litros de sangre.  Cuando subió a planta les comentó a sus prójimos: "Esto no es justo."  Eso fue una de las pocas veces a lo largo de su vida que se le oyó quejarse.  Por desgracia surgieron complicaciones y falleció.  En ningún momento los cirujanos que le operaron tuvieron la decencia de hablar con los familiares.  Sabían que habían cometido un error garrafal durante la operación y fueron demasiado cobardes para admitirlo.

Cuando acabó la recepción cogimos otro maxitaxi para llevarnos al aeropuerto.  El vuelo de regreso fue igual de cómodo que el de ida.  Una vez llegamos, estuvimos de charla un buen rato.  En la televisión echaban un concurso donde granjeros estaban buscando pareja.  Al principio del concurso cada granjero tenía diez pretendientes.  Cada semana descartaban a uno.  Durante las últimas semanas los pretendientes vivían en casa del granjero.  Hacían entrevistas a los distintos pretendientes y a los concursantes.  Filmaban todas las citas.  Uno de cincuenta años que nunca había tenido novia se volvió uno de los hombres más solicitados del país.

El día siguiente fuimos a un centro comercial en el centro de Oslo.  Aparcamos el coche en su aparcamiento.  Mi tía contó que la primera vez que aparcó ahí no encontraba donde pagar.  Le preguntó a un señor que pasaba por ahí si el la podía ayudar.  El señor era el primer ministro de Noruega.  El la dijo que no tenía ni idea ya que el había pagado con tarjeta.  Me compré unas botas.  Un calzado apropiado para el frío.  Como tenía algo de hambre, me compré un perrito caliente con un refresco.  35 coronas o 6,50 euros.

Mi tía, desde que sus hijos eran pequeños, hace todos los años un taller de fabricación de adornos navideños.  Una vez crecieron sus hijos, invitaba a los hijos de sus vecinos.  Ahora las estrellas de la fiesta son los hijos de mis primas.  Vino la hija de mi tío fallecido.  Estuvieron recordando al desaparecido.  Es muy complejo el hacer duelo por un ser querido.  Durante el taller mi control motor dejó mucho que desear.  Yo me considero con maña idéntica a una niña de cuatro años.  En el taller hice dos chapuzas y estoy muy orgulloso de que ninguna de las dos quedó horrorosa.

Por la tarde fuimos a un concierto navideño cantado por la soprano Sissel Kyrkeby  Una de las principales estrellas del pop de Noruega.  Ella recoge canciones folclóricas  escandinavas y les pone música moderna.  Su forma de cantar es sobrecogedora.  Aún así, no me hacen mucha gracia los villancicos,  No me gusta la navidad.  Las entradas las consiguió una prima mía que trabaja en una discográfica.  Ella no es especialmente puntual por lo cual la tuvimos que esperar y esperar.  Afortunadamente llegó a tiempo.  Me encantó.

El día después lo dediqué al viaje de regreso a Madrid.  Este fue de mis peores viajes. Por alguna razón mi vuelo de vuelta salía de un aeropuerto distinto.  El autobús entre Oslo y Sandefjord salía cada dos horas.  Cuando llegué a la estación de autobús, la primera guagua estaba llena.  Esperé media hora fuera.  Otra vez más me dolían los pies por el frío.  Dos horas después llegué al aeródromo.  El aeropuerto era cutre.  Tenía forma de caja de zapatos.  Tuve que esperar un par de horas. Hubo una hora de retraso.  Casi pierdo mi vuelo.  No anunciaron la salida.  Tuvimos que andar sobre la pista helada.  Nevaba y soplaba el viento.  El avión era pequeñito, cutre, con la escalera en la puerta.  Nos sentamos.  El capitán anuncia que es necesario deshelar el trasto.  Otra hora de retraso.  Llegué a Amsterdam después de que se iniciase el embarque en mi siguiente vuelo.  Fui andando deprisa hacia la puerta de embarque.  Ni siquiera me dio tiempo de fumarme un cigarrillo.  Cuando al final llegué, estaban dando el último aviso.  Me dijeron que mi maleta iba a Madrid en el siguiente vuelo.  Para rematar un nefasto día, a un pasajero no le había dado tiempo de llegar al avión y tenían que retirar su maleta.  Media hora de retraso después el capitán dice que a la maleta tampoco le dio tiempo de llegar.  Lo único que hubiese faltado es que me detuviesen en Aduanas.  Dos días después me trajeron la maleta.

El andreso. 

Mis equipos son unos pachucitos

Un par de años después decidí montarme mi propio ordenador.  Mi amigo, el del disco duro, me ayudó.  El ordenador no arrancó.  Lo llevé a la oficina al haberse comprado un compañero uno muy parecido.  Fuimos probando las piezas una por una.  La que fallaba era la placa base.  El compañero me ayudó a montarlo una vez llegó la pieza nueva.  Este ordenador funcionó cinco años sin problemas.  Únicamente hizo falta reinstalar unas cuantas veces.

Mi amigo, el del disco duro, trabajó una temporada con una directora de cortometrajes.  Un fatídico día el se ofreció para mejorar el ordenador que ella usaba para montar.  Me pidió que le acompañase.  Le instalamos más memoria.  No desenchufamos el ordenador al pincharlas.  Se le quemó la placa base y la CPU.  Compramos piezas nuevas.  Las piezas no eran compatibles con la tarjeta capturadora con la cual trabajaba la directora.  Volvimos a cambiar la placa base.  Por hacer un favor pasamos dos semanas infernales y nos gastaríamos unos 250 euros en cambiar las piezas.   Le cogí verdadero asco a manipular piezas de ordenador.

La siguiente desgracia ocurrió con el ordenador que me compré con el finiquito.  Al cabo de unas semanas de estar encendido sin descanso, se empezó a reiniciar.  Pronto dejó de arrancar.  Lo reinstalé.  Otra vez lo mismo.  Esta vez además se le había roto el disco duro.  Lo llevé a que me lo mirasen en la tienda.  Me dijeron que a la placa base se le veían desperfectos por lo cual el ordenador no estaba cubierto por garantía.  El ordenador lo compré en Abyss.  Considero que tienen un servicio técnico deleznable.  Desde entonces no he vuelto a comprar nada más ahí.  Compré otra placa base.  La vieja placa base se la di a un primo mío.  Le funcionó sin problemas.  El ordenador funcionó unas semanas sin parar.  Otra vez se empezó a reiniciar.  Al cabo de unos días hizo falta reinstalar.  Una semana después se rompió el disco duro.  

Compré una placa base nueva, memoria nueva y tarjeta gráfica nueva.  La placa base anterior se la vendí a un amigo.  Le funcionó perfectamente.  A mi ordenador le volvieron a surgir exactamente los mismos problemas.  Cuando me conseguí un ordenador de segunda mano se lo vendí a otro primo mío.  No hace ni falta decir que no le ha dado ninguna clase de problemas.

La familia de mis primos todos los reyes se hacen intercambio de cosas viejas de las cuales se quieren deshacer, pero que les da pena tirar.  Un año me regalaron una hucha.  Es un cerdito blanco con un tapón debajo para sacarle las monedas sin romperlo.  Empecé a llenarlo de monedas de dos euros.  Después de unas vacaciones de senderismo empecé a echar monedas de un euro.  Cada vez que pagaba un café con un billete de cinco, me daban cuatro monedas de un euro.  Acabé escarmentado.

Lo primero que me compré con el cerdito fue una camera digital.  Estaba haciendo senderismo durante las vacaciones de verano.  Llevaba la camera, mi reproductor de cedes, y una botella de agua en mi bolso.  Se abrió la botella.  Encontré un charco de agua de cinco centímetros dentro de la funda de mi camera.  Estuve todo el resto de las vacaciones sin poder hacer fotos.  Afortunadamente lo cubrió la garantía.

También me compré un disco duro extraíble con el cerdito.  Lo tenía siempre enchufado al ordenador, qué estaba encendido día y noche.  Tras tres meses de uso intensivo se rompió.  Perdí toda la información.  Unas trescientas películas a tomar por culo.  Me lo cambiaron hace unos cuatro meses.  No lo he vuelto a enchufar al ordenador.  Acabé escarmentado.

Me compré un equipo de música en el MediaMarkt de Alcalá, también gracias al cerdito.  Lo traigo a casa y mi padre me ayuda a montarlo.  Una semana después se rompe.  Únicamente se oían chasquidos muy fuertes.  Yo había tirado la caja por lo cual únicamente me lo podían cambiar por uno del mismo modelo.  Llamé a todos los MediaMarkt de la provincia.  El único donde tenían uno disponible es el de Alcalá, donde lo compré. Ni falta decir que ese es el único que no es accesible por transporte público.  Meto el equipo en una maleta y lo llevo a Alcalá en metro y autobús.  Un amigo mío que vive ahí me acercó a la tienda en coche.  Como afortunadamente no habían vendido el ejemplar de mi marca, pude llevármelo unas horas después.  Menos mal que mi amigo me acercó a casa.

Mi viejo ordenador lo usaba casi para todo.  Justo después de un agobiante proyecto de programación el pobrecito se niega a arrancar.  No era demasiado grave ya que todavía me quedan dos.  Unos días después dejó de funcionar mi portátil.  Esto ya empezaba a ser alarmante.  Me compro un ordenador nuevo y mientras tanto voy transfiriendo los datos importancia de los seis discos duros de mi viejo ordenador a mi servidor linux.  Como no desenchufaba el ordenador cada vez que metía un disco duro nuevo, pasó lo que tenía que pasar: hubo un chispazo y el ordenador ya no quería arrancar.  Tenía tres ordenadores y en una semana se rompen los tres.  Afortunadamente lo que se quemó fue la fuerte de alimentación.  Menos mal que tenía un repuesto.  Pasaron un par de semanas antes que me trajeran mi ordenador nuevo a casa.  Le faltaba un cable para enchufar los discos duros.  Lo arrastré a la tienda dentro de una maleta y volví en taxi.  Hacía falta grabar un disquete para instalar el sistema operativo.  La disquetera de mi ordenador linux no funciona. Tuve que ir a un Internet café para grabar el disco.  No me dejaron hacerlo en el Corte Inglés.

Varios meses después mi ordenador nuevo empezó a mostrar mensajes extraños al arrancar.  Dos semanas después se reiniciaba continuamente por lo que repetí la operación de la maleta.  Me dijeron que iban a tardar tres días laborales.  Pasó una semana y todavía no habían empezado a mirármelo.  Yo estaba llamando casi todos los días.  Al final hablé con el dueño. Le dije que todo mi negocio informático lo hacía con su tienda ya que había leído que tenían un servicio técnico excelente. El qué una semana hubiese pasado sin que hubiesen empezado a mirármelo no me parecía demasiado buen servicio.  Me explicó que la razón era que la huelga de transportistas impedía que llegasen piezas.  Al ordenador le hicieron un trasplante completo de sus entrañas.  Me dijeron que sería necesario reinstalar el sistema operativo, pero afortunadamente el técnico fue capaz de rescatarlo.

En el trabajo de pronto dejó de funcionar mi ordenador.  Reinstalé.  Seguía sin funcionar.  Resultaba que el disco duro donde se almacenaba todo lo que nos bajábamos con la mula había muerto.  Esto es la primera noticia que tuve de que un disco duro defectuoso podía impedir que arrancase un ordenador.

La única explicación que se me ocurre de los problemas de mis aparatos electrónicos es que antiguamente, en el lugar donde se construyó mi casa, se hacían sacrificios humanos.  Las almas en pena no han abandonado el lugar y causan que un flujo de energías negativas recorra mi casa.  Este flujo me persigue por donde vaya.  Ya estoy empezando a tener problemas con la PDA con la cual estoy escribiendo esto.

Andreso. 

La logopeda

Me llamaron en junio. La terapia duraba media hora al día, cinco días a la semana. La primera sesión me impresionó mucho. Eramos cinco pacientes recibiendo tratamiento. Yo tenía con diferencia más años cumplidos que los otros cuatro juntos. No se me había ocurrido que los niños jóvenes eran los principales usuarios de los logopedas.

El sistema de educación respeta mucho más la dignidad de los chavales que cuando yo era niño. A ningún profesor se le ocurrió derivarme para que yo aprendiese a pronunciar correctamente. El que me hubiesen derivado habría evitado tener que aguantar hasta casi tener cuarenta años para aprender a pronunciar. Desgraciadamente no ayudó ni una pizca que el frenillo de mi lengua tenga un aspecto normal. La única forma en la cual se manifestaba que era defectuosa es que, con la boca ligeramente abierta, no era capaz de tocarme el paladar con la punta de la lengua.

Todas las sesiones empezaban con ejercicios para entrenar los labios y la lengua: lengua de lado a lado, lengua arriba y abajo fuera de la boca, vibrar los labios y así sucesivamente. Después la logopeda estaba cinco minutos con cada chaval trabajando el área del lenguaje con el cual tuviera problemas. Mientras tanto los demás estamos pasando el tiempo como se nos ocurriese. No importaba como, siempre que fuese en silencio. La logopeda podía ser una verdadera sargento cuando se lo proponía.

Todas las prácticas se realizaban en frente de un espejo para que nos pudiéramos observar. Yo después de haber estado mirando mi reflejo durante media hora al día me daba más y más cuenta de lo guapo que soy. Estoy convencido de que con un mes mas de terapia, hubiese acabado abrumado por mi creciente hermosura.

La logopeda mantenía una disciplina férrea en las sesiones. Reñía a cualquier chaval que hiciera el más mínimo ruido. Según lo que vi en los tres meses de terapia, a las niñas les es mucho más sencillo permanecer en silencio que a los niños. Hacia el final de mi terapia llegó un chaval de cinco años que tenía un retraso generalizado del lenguaje. Al chaval le gustaba canturrear mientras dibujaba. La logopeda le echaba unas broncas impresionantes al chaval por no estar completamente en silencio. El chaval parecía bastante inmune a que le echasen la bronca. Debería estar muy acostumbrado a ello. A mí este tira y afloja me estresaba hasta tal punto que se me notaba. Los últimos días la logopeda me preguntaba si yo estaba cabreado.

Como yo en teoría era lo suficientemente responsable para practicar por mi cuenta, se me permitía hacer los ejercicios. Yo era la fuente del único ruido de fondo que se escuchaba a lo largo de la sesión. La jefa, en vez de reñírme por hacer ruido, me alentaba a ello. Supongo que a mis compañeros les resultaba injusto que a ellos se les intimidase por no permanecer callados, mientras a mí me decía cosas bonitas como: "trabaja más duro."

Mi progreso fue lento. Tardé un mes a aprender a pronunciar la erre simple rodeada de vocales, como "pero". Eso lo hice repitiendo todas las combinaciones de consonante, vocal, erre y vocal. La jefa me hacía practicar un ejercicio que a mí, la verdad sea dicha, me desagrada bastante: empujar la lengua hacia arriba con dos palos mientras se escupe el aire para hacer vibrar la lengua. Además de que me resultaba difícil vibrar la lengua de forma consistente, me daban arcadas las primeras veces que lo hice. Además de esto tenía que practicar pegamento y soplar en casa. El pegamento es dejar la lengua pegada al paladar de forma que se vea el frenillo. El propósito es hacer vibrar la lengua. Tras mucho tiempo de practicar esto, escupiendo el aire, conseguí hacerla vibrar. Desgraciadamente golpeaba los dientes con ella, lo que no gustó a la jefa. Tuve que olvidar lo aprendido.

Justo antes del cese de actividades de agosto, ella me mandó otro ejercicio para aprender a pronunciar consonantes seguidas de erre. Por ejemplo, para pronunciar "dro" hacía falta repetir "dorodorodorodoro" todo lo rápido que se pudiera. Durante este mes lo conseguí dominar bastante bien, quitando la "tr" y la "dr". Al regreso a las sesiones, fui mejorando considerablemente. Una semana antes de mi revisión, ya me salía casi siempre la erre fuerte.

En la revisión me dieron el alta. Tengo que volver a ver la médico foniatra dentro de seis meses para ver si necesito más sesiones. Por ahora todo va bien. Se me ha olvidado como pronunciar la erre fuerte por lo que sigo practicando el pegamento y soplar con palos. Con un poco de suerte tendré la suficiente constancia para no dejar muchos días sin practicar. Aún así, he conseguido mi propósito principal: ahora cuando doy mi nombre para que alguien lo apunte, ya me basta con decirlo de corrido. No me hace más falta deletrearlo. Todo un éxito.

 

Andreso 

El largo camino al logopeda

El camino al logopeda fue largo y lleno de avatares. Todo empezó hace tres años cuando decidí que estaba harto de no ser capaz de pronunciar mi nombre. Entre mi nombre y mi primer apellido hay tres erres. Cada vez que alguien necesitaba apuntar mi nombre, no me quedaba más remedio que deletrearlo. Y encima tartamudeaba. Esto hacía el proceso doloroso. Ya estaba harto.

Lo primero que hice fue pedirle a mi médico de cabecera que me diese cita con un logopeda. El me dijo no estar autorizado. Era necesario pasar por inspección médica. Aún así le pedí que me diese un papel solicitándolo a ver si había suerte. En inspección me dijeron que los únicos médicos autorizados para derivarme eran los neurólogos y los otorrinolaringólogos.

Le pedí a mi médico de cabecera ir al otorrino. Me dieron cita tres meses después. Lo primero que hizo la otorrina fue meterme una camera por la nariz. Esta fue mi primera cita con un otorrino y en cada una de las muchas veces que he visto uno, me han introducido una camera por la nariz. Como la comenté a una, su especialidad es tocarle las narices al personal. Ella me contestó que trabajaban con muchas más cosas que las narices de la gente. Aún así creo que debe de ser una especie de fetichismo causado por haber pasado tantos años estudiando.

La otorrina me ofreció acudir al logopeda, pero como sabía que los neurólogos también podían derivar, pedí ver a uno. Yo había deseado durante años ver un neurólogo. Sentía curiosidad por averiguar si mis problemas de habla estaban relacionados con algún problema en mi cerebro. Estando en el paro como estaba, disponía de tiempo suficiente para esos antojos. La espera esta vez fue de seis meses. El neurólogo aceptó estudiar mi caso en el hospital Puerta de Hierro, que es el que me corresponde. Otros seis meses pasaron. Cuando les vi me dieron cita para seis meses después. Me mandaron muchas pruebas. La más interesante fue una resonancia magnética donde me metieron en un tubo estrecho, iluminado, donde se oían ruidos rítmicos. Dicen que esta prueba le da pánico a mucha gente por estar encerrado en un espacio tan reducido como aquel tubo. Cuando al final les vi me dijeron que no encontraron ninguna anomalía. Esto me alivió. Mis problemas del habla no eran causadas por lesiones cerebrales. Les pedí que me derivasen a un logopeda. Me contestaron que había un centro de estudios del habla en el departamento de otorrinolaringología.

Unos meses después acudí al centro del habla. Me atendieron una logopeda, una otorrina y una residente. Habiendo otorrinos presentes, tardaron poco en meterme una camera por la nariz. Antes me habían echado un spray anestésico por la boca. Intentaron meterme una camera por la boca. Querían verme las cuerdas vocales en funcionamiento. Desistieron cuando me entró un ataque de tos. Tuvo que se por la nariz.

La logopeda se dio cuenta enseguida de que el frenillo de mi lengua era demasiado corto. Con la boca ligeramente abierta, yo no era capaz de tocarme el paladar con la punta de lengua. Ella me dijo que la única solución para hablar correctamente era que me operasen. Además me dijeron que, según la resonancia que me hicieron los neurólogos, tenía el tabique nasal desviado. Me preguntaron si estaba interesado en la operación. Yo accedí. Me dieron muchos papeles para firmar y muchos volantes para pruebas diagnósticas. De todas las pruebas la más curiosa fue un TAC donde me tumbé en una cama mientras una máquina estaba haciendo cientos de imágenes de rayos X a mi cráneo para obtener un modelo tridimensional.

Cuando vi a mi doctora, justo antes de la operación, me dio la mala noticia que según el TAC había algo mal con mis fosas sinoviales. Era recomendable que me operasen de ello también. Parece que los médicos ya puestos a cortar, pues cuanto más corten, mejor. Según ella había riesgo con la operación de tabique nasal que cada vez que respiraba se oyese un silbido y con la de las fosas sinoviales que me pudiese quedar ciego. Firmé los papeles y ella me dio cita para el quirófano diciéndome que la noche del domingo la tenía que pasar en el hospital.

Desafortunadamente esa noche tocaba Paul McCartney en Madrid. Yo me había comprado una entrada. En las taquillas ponían claramente que no se admitían ni cambios ni devoluciones. La otorrina me había dado un justificante de la operación. Afortunadamente, con ese papelote y con un poco de labia conseguí que me devolviesen la entrada. Hubiera preferido asistir al concierto.

Mi tío me acercó al hospital y generosamente accedió a que yo me pudiese despedir de la civilización con un copazo. Me supo a maravilla. Entré muy relajado en el hospital. Tardaron muy poco en subirme a planta. Fue una sorpresa agradable descubrir que justo al lado de mi habitación había un pasillo donde la gente iba a fumar. Yo temía estar tanto tiempo en un lugar donde estuviese prohibido. Además me asustaba quedarme demasiado hecho polvo después de la operación para que me impidiesen disfrutar de ese placer. Yo me traje parches de nicotina para quitarme el mono.

Además tenía miedo de que, como me iban a operar de la nariz, fuese necesario afeitarme mi hermoso bigote. El especialista me dijo que no sería necesario. Mi bigote no interfería con la operación. Solté un profundo suspiro de alivio. Seguiría estando guapo después de la operación.

A las nueve de la mañana me subieron al quirófano. Pasillos interminables recorridos boca arriba en una camilla empujada por un celador. Llegamos al final al área de los quirófanos. Sin ninguna ceremonia aparcaron mi camilla en el pasillo. Al cabo de un buen rato me metieron en el y me enchufaron la anestesia. Mientras estaba hablando con los médicos noté como iba perdiendo la consciencia. Me desperté unas horas después en una sala de observación, sangrando de la nariz y todavía poco coherente. Unos amigos míos estaban esperando a que recobrase la conciencia. Las enfermeras les pidieron que se fuesen. Ellas me pusieron un bigote, una morcilla de gasa, que se ata alrededor de la cabeza. Impide que la sangre manche la ropa. Yo estaba de lo más resultón con mi bigote al cuadrado. El de pelo y el de gasa. Poco después un celador me llevó a mi habitación.

Yo había oído rumores de que si después de una operación se tardaba mucho en orinar las enfermeras te sondaban. A un amigo mío le había pasado. El lo describió como una violación. Otra cosa que me asustaba. Durante las primeras horas mi prioridad era evitar esa vejación. Afortunadamente, después de mucho esfuerzo, cuando ya había desechado toda esperanza, estando seguro de que me iban a humillar, lo conseguí.

Debido al tajo que me habían dado en la lengua. me dolía mucho al hablar. Además estaba sangrando por la nariz. Ya que cada pocas horas me daban Gelocatil y Nolotil por vena, no sentía dolor. El único problema era que el tiempo pasaba muy despacio. Como estaba recién anestesiado, no me daban nada de comer y no se me había quitado el apetito. Encuentro que las esperas se hacen más llevaderas con la barriga llena.

Como yo había oído que en los hospitales se robaba mucho, el único objeto de valor que me traje fue mi móvil. Eché mucho de menos mi reproductor de cedes o algo parecido que me hiciera compañía. Cuando me visitaron unos amigos, generosamente accedieron a comprarme una radio. Esto hizo que las interminables horas pasasen más deprisa. Se me pasa más rápidamente el tiempo con el ruido de fondo de gente hablando.

Las enfermeras apenas me dieron un bocadito para cenar. Por la noche ya tenía un hambre voraz. Mi compañero de habitación estaba recién ingresado y no se había quitado la ropa de calle. Afortunadamente no tuvo inconveniente en traerme un sándwich. Lo devoré a escondidas para que las enfermeras no me pusiesen a caldo. Entre que estaba bueno y estaba haciendo algo prohibido me supo a gloria.

Pasé mala noche. Me habían puesto el respaldo de la cama muy alto. Los únicos momentos en los cuales fui capaz de conciliar el sueño eran cuando estaba enchufado a medicamentos por vía intravenosa. El resto de la noche iba de cama a butaca a cama. No estaba cómodo en ningún sitio. Fue interminable. Para mayor inri una vez que salí al pasillo a fumar una enfermera me vio y me mandó para la habitación. Casi llegada la madrugada la enfermera de guardia se apiadó de mí bajandome el respaldo de la cama. Pude dormir un poco.

Por la mañana me dijeron que el médico de guardia me quería ver. En esa momento estaba desayunando. Le pedí a la enfermera acabar. Ella insistió. No hubo forma de disfrutar de la poca comida que dan en el hospital. Yo llevaba la bata del hospital puesta de cualquier forma con uno de mis hombros y parte de mi pecho al aire. Antes de ver al médico ella me lo colocó bien. Opinaría que yo debería estar guapo para ver a alguien tan importante. Me dejó como un cromo. Ojalá me hubieran dejado así de guapo antes. Me llevó de la mano hasta el despacho del cirujano. Yo me notaba mareado. El cirujano me dio el alta y me entregó un papel con los cuidados que yo tenía que seguir. El papel estaba escrito en una letra tan ilegible que yo no le podía ni sacar ni pies ni cabeza. Creo que le pedí a tres enfermeras que me lo tradujesen al español. No es broma lo que dicen de la letra de los médicos.

Antes de recibir el alta yo estaba mareado. En el instante en que salí con ella en la mano me encontraba un hombre nuevo, lleno de energía, absolutamente pletórico. Fui con pasos firmes a la habitación, me arranque los parches de nicotina, y salí pitando al pasillo que hacía de veces de sala de fumadores. Fue el primer cigarrillo de mi libertad. Me supo a gloria. Llamé a mi tío para que me llevase a casa, me vestí y fui a esperarle en la entrada del hospital. Hice esfuerzos heroicos de recuperar el tiempo que había pasado sin fumar. Una de las cosas que aparecía en ese papel de alta tan ilegible es que necesitaba ejercitar la lengua para que no me quedase cicatriz después de la operación. Para mi agrado, descubrí que fumar era un ejercicio ideal para la lengua.

Cuando llegue a mi casa con mi tío, disfrutamos de un delicioso gin tonic. Esa es la forma mejor de ir al hospital: copazo antes y copazo después, como si de un sandwich se tratase. Ese mismo día llegó mi madre de Canadá. Hizo el viaje únicamente para cuidarme. Me hizo bigotes para poner encima de mi bigote.

Desde que empecé a fumar no había estado tanto tiempo sin inhalar como después de la operación: unas 25 horas. Gracias a utilizar parches de nicotina se me hizo bastante llevadero. Necesitaba dos parches para quitarme totalmente la ansiedad. Es una pena que vendan estos productos únicamente como un medio para dejar de fumar. Tienen verdadera utilidad a la hora de permitir a un fumador estar cómodo en un lugar donde esté prohibido. Especialmente en estas fechas de prohibiciones inminentes. Cuantos más medios disponga un fumador para no sentir ansiedad, mejor.

Para que no se me desplazase el tabique nasal recién operado, me introdujeron unos tubos de plástico en las fosas nasales. Estos tubos tuvieron un efecto negativo sobre mis escasas aptitudes olfativas y gustativas. Además me resultaba casi imposible respirar por la nariz. Estuve una semana con los bigotes para absorber la sangre, el mismo tiempo que tomando analgésicos. Mientras tanto me hice muy aficionado al zumo de tomate con muchas especies. Necesitaba compensar mi falta de olfato con sensaciones fuertes. Cuando al final me quitaron los tubos de la nariz; los alimentos tenían mucho más sabor. Me cabreé inmensamente cuando me di cuenta que ya no me gustaba mi receta secreta de zumo de tomate.

Un año después de la operación, en una revisión que me hicieron los cirujanos, pedí que me derivasen al logopeda. No hace ni falta decir que me metieron una camera por la nariz. Indudablemente son especialistas en tocar narices. Con el papel que me dieron, pude al final ir al logopeda. No asistí a mi primera sesión hasta cuatro meses después.