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Mi pueblo es Madrid

Entre el 29 de marzo y el 1 de abril de 2008, estuve pateándome Amsterdam con Tareixa, una compañera de trabajo que ha llegado a ser una de mis mejores amigas.   Al viaje le costó despegar.  Íbamos a ser 13 los que visitáramos Amsterdam.  Habíamos reservado el billete con Vueling.  Un par de meses antes de que saliéramos recibimos un correo electrónico donde nos decían que nos cancelaban el viaje.  Si queríamos nos devolvieran el dinero.  A mi me tardaron tres meses en hacrlo y llegué a denunciarlos en la oficina del consumidor. 

A mi se me habían puesto los dientes largos con Amsterdam.  La semana después de que Vueling cancelara el vuelo vi que Ryan Air ofrecía un billete a Eindhoven, que está a 120 km de Amsterdam, por €0.01 el trayecto.  Ese mismo día compré el billete.  Estaba dispuesto a recorrerme la ciudad sólo.  Afortunadamente a Tareixa también se le habían puesto largos los dientes y se lo compró el día siguiente.

Bastantes semanas antes de salir, quedamos para buscar alojamiento.  Estuvimos mirando hostales, ya que no nos apetecía gastarnos demasiado dinero en dormir.  Vimos muchos y no nos decidíamos por ninguno.  Al final le dije a Tareixa, ¿qué te parece este?  y ella me dijo que lo pillara.  Era un hostal en pleno barrio rojo con doce camas por habitación.  El cansancio había podido con nuestro deseo de encontrar lo mejor.  A medida que se acercaba la fecha de salida,  nos fuimos pensando dos veces compartir habitación con tanta gente y además en un lugar tan interesante como ese maravilloso lugar de libertinaje.  Quedábamos otro día para ver si encontrábamos algo mejor.  Estábamos dudando entre una casa barco y un hotel.  Nos ahorrábamos unos 60 euros con la casa barco por lo cual el día siguiente cancelé la reserva en el hostal del barrio rojo y alquilé un camarote con dos literas en el B&B Friesland.  En el precio de esta maravillosa casa barco estaba incluido un delicioso desayuno.  Investigando, descubrí que el autobús entre Eindhoven y Amsterdam salía tres veces al día y que costaba €45 por persona ida y vuelta. 

Vi una oferta para alquilar un coche por €89.  Eso era un poco menos que el precio del autobús ida y vuelta.  Además nos iba a dar bastante flexibilidad.  Se me volvieron a poner los dientes largos y lo alquilé.  Yo no contaba con el precio del seguro todo riesgo ni con la gasolina, por lo cual acabamos pagando el doble por el coche de lo que hubiéramos pagado por el autobús. Además el día de regreso el coche nos provocó toda clase de estrés.

 La noche antes de que saliéramos, nuestros compañeros de trabajo desearon embriagarnos.  Primero fuimos con Xurxo a ver una exposición de fotografía de un amigo suyo.  Estaba muy en las afueras de la capital, a bastante distancia de una estación de metro mal comunicada.  Luego fuimos en taxi a nuestro bar favorito .  Yo estaba bastante preocupado ya que el avión salía el siguiente día a las 06:30 y por aquel entonces me sienta mal dormir demasiado poco.  Nuestros amigos amenazaban con tenernos bebiendo como cosacos hasta que despegáramos.  Si eso fuera poco además nos pusieron encima de la mesa la oferta de acompañarnos al aeropuerto.  No teníamos la maleta hecha por lo cual a las 21:30 ya estábamos preparados para irnos.  Otra amiga insistió en que nos tomáramos la penúltima.  No pudimos despedirnos hasta las 23:00.  No nos dormimos hasta las 03:00 y a las 04:30 había puesto el alarma.  Hacía falta estar preparados cuando el taxi nos recogiera.   Llegamos a Eindhoven a las 09:00.  Mientras nos estábamos tomando el café para coger las fuerzas suficientes para que Tareixa pudiera conducir hasta Amsterdam, me noté inestable.  Tuve que tomarme una pastilla para que mis pies volvieran al suelo.

Al recoger el coche pagamos €50 extra por un seguro a todo riesgo y otros €60 por la gasolina.  A cambio de conseguir flexibilidad, nos salió bastante más caro que el autobús.  Tardamos en orientarnos por las autopistas holandesas.  Empezamos nuestro recorrido en la dirección equivocada y tardamos una salida en volver al camino correcto.  Circulábamos por el carril de la derecha por lo cual en la siguiente salida nos salimos de la autopista.  El resto del camino, lo hicimos por el del medio.    Fue muy simple llegar a Amsterdam.  La misma autopista comunica las dos ciudades.

Tanto yo como Tareixa consideramos los colores muy interesantes.  Desde que una persona me vio el aura blanca, habíamos llegado a la conclusión de que el camino tan bonito que compartíamos era de un color puro blanco.  Empezamos a hablar de que tono nos veíamos el uno a la otra.   Yo la conté que la veía verde primavera.   Al hacerme más maduro dejé atrás ese  blanco que mucho abarcaba y poco apretaba. Había llegado al verde del tono de las hojas cuando los árboles empiezan a florecer.  Seguí viendo a Tareixa con un color muy parecido al que yo creía tener ya que la seguía considerando mi alma gemela.  Únicamente la veía un poco más pálida.

Ella me contó que me veía naranja.  Profundicé para ver que adjetivo seguía a ese color y me dijo que hogar.  Ella me veía de un color naranja hogar.  No pude resistir la tentación de decirle que hay bastante rojo en el naranja y que el rojo es el color de la pasión.  Me encantó ver su cara.  Siempre consideré divertido sacarle la lengua a alguien que quiero mucho.  Para ella la pasión no tenía cabida en algo tan bonito, tan tranquilo como el puro blanco que compartíamos.  Aunque la sigo amando mucho mucho, todavía no he sentido la necesidad apremiante de ir más lejos.  Ella ojalá alguna vez me haga agasaje con compartir esa pasión conmigo, pero con todo lo que me ha regalado espero nunca presionarla hasta hacerla sentirse incómoda. 

Una cosa que me ha gustado mucho del color con el que me veía es que según lo que he leído el naranja rojizo es el color de la lujuria.  Después de tantos años de únicamente compartir relaciones platónicas con mis almas gemelas, deseo conocer la pasión, y la lujuria de una vez por todas.  Necesito perderle todo el miedo, todo el respeto al sexo, tan inalcanzable a lo largo de mi vida. Necesito aprender a coger lo que tanto anhelo.

En el coche la pedí un deseo que se cumplió al pie de la letra.  Yo la dije que deseaba una relación más complicada.  Lo único que quería era jugar con el sexo.  Siempre me he sentido muy seguro al lado de Tareixa, y me hubiera gustado practicar flirteo con ella.  No tenía necesidad de que ella me acogiera dentro de si, pero deseaba un cierto elemento sexual que añadiera picante a nuestra hermosa amistad.  Sería un lugar ideal para haber practicado lo que necesito saber a la hora de coger.  Un lugar seguro, sin riesgo.  El destino cabrón oyó mis palabras y dijo: "Quieres complejo?  Pues toma complejo..."  Lo nuestro ha dejado de ser para mí una relación de adolescentes y ha pasado a ser entre adultos, y no conozco más que algunas pocas de las reglas de esta nueva fase que compartimos.  Después del tercer concierto de Antonio Vega al que hemos ido juntos, lo nuestro ha llegado a unos niveles de complejidad que no he vivido jamás.  Esta tercera fase la acabamos de iniciar.

En las afueras de Amsterdam hay aparcamientos subsidiados que se llaman P&R o Park and Ride .  Te vale €6 al día dejar el coche ahí y te dan dos billetes de transporte público.  Cogimos el metro hacia la estación central de Amsterdam.  El Friesland se encontraba muy cerca.  Al llegar vimos una oficina de turismo, pero decidimos marcharnos directamente a la casa barco cuando vimos la ingente cola que había.  El barco nos encantó en cuanto pusimos los pies encima.  En la planta superior había un amplio bar donde se podía fumar.  En la planta de abajo, donde estaban los camarotes, pero por desgracia estaba prohibido fumar.  En el bar había una nevera con bebidas.  Podías servirte de lo que hubiera y dejabas €1.50 por consumición en la caja de las propinas. 

Después de preguntar a Jon, el propietario de la casa barco, que podíamos ver, nos dijo que lo mejor era ir a Waterlooplein, un mercado al aire libre que nos pillaba cerca.  Salimos hacia ahí.  En cuanto llegamos vimos un puesto donde vendían unas chaquetas tibetanas que nos chiflaron.  Había varias chaquetas naranjas y varias chaquetas verdes.  Teníamos la posibilidad de vestirnos cada uno con el color con el que le veía la otra.  Se nos pusieron los morros calientes y empezamos a regatear con el propietario del puesto.  Conseguimos rebajar el precio bastante, pero nos dio miedo quedarnos sin dinero. Nos fuimos sin comprar.  Decidimos volver el lunes al mercadillo pero por desgracia cuando llegamos ya habían cerrado.  Las chaquetas tendrán que esperar a la siguiente vez que vayamos a Amsterdam.

En Amsterdam no es demasiado caro comer.  Únicamente cuesta un par de euros más que en Madrid.  La cerveza es más barata.  Eso sí, un café te sale por más de dos euros.  Cualquier bocadillo en un puesto de comida rápida ya sube de los €4.  El primer día comimos un plato combinado de carne, un solomillo muy tierno, por 10 euros.  Después nos dedicamos a patear la ciudad.  Llegamos a la parada de uno de los barcos que recorre los canales de Amsterdam y nos subimos a él.  No nos informamos lo suficientemente bien antes de comprar los billetes.  Ese día los barcos únicamente navegaban una hora más.  Por lo menos el día siguiente podríamos disfrutarlo hasta el mediodía.  Nos bajamos en la zona de los museos y encontramos nuestro destino para el día siguiente, el museo Van Gogh .

Al regreso encontramos un bar muy agradable donde nos pasamos varias horas charlando sobre nosotros, sobre la vida y el mundo en general. Yo la conté que había que tener mucho cuidado con lo que se deseara sobre todas las cosas, ya que lo más probable era que se cumpliera.  El deseo supremo que tenía era tener una compañera de viaje.  Compartir un viaje con una mujer a la cual quería mucho mucho mucho. Tareixa hizo mi deseo sobre todas las cosas realidad en este viaje.  Veo posible que si mi deseo supremo hubiera sido encontrar con quien compartir el resto de mi vida, lo más seguro es que hubiéramos tenido una relación muy distinta, más intensa.  Lo que deseo en presencia de Tareixa tiene cierta tendencia a cumplirse.  Primero lo de tener una compañera de viaje, y luego una relación más compleja.

Le pedimos a una mujer de una mesa vecina que nos hiciera una foto y la pobre al levantarse se tiró su cubata encima.  Nos reímos mucho del asunto en los días venideros.  Tareixa, que no es experta en inglés, fue capaz de enterarse que la pobre mujer estaba tomando un mojito, de pedir uno fresquito a la camarera y de pagarlo. Me sentí tan, tan orgullosa de ella, de averiguar que su impresión de sus habilidades con el inglés era bastante inferior a la realidad.  Menos mal que no hacía mucho frío esa noche porque la pobre mujer se quedó totalmente empapada.

 A la vuelta vimos un cartel de Estrella Galicia en la puerta de un restaurante.  Entramos y cenamos comida rápida por poco dinero.  Por desgracia no vendían las Estrellinhas, el cartel era únicamente de decoración.  El restaurante lo llevaba un hombre que además de cocinar, atendía a las mesas.  Llegamos al Friesland y bajamos las maletas a nuestro camarote.  Para nuestro horror descubrimos que hacía falta poner las fundas a los edredones.  Habíamos dormido menos de dos horas y lo último que nos apetecía era luchar para meternos en nuestras cálidas camas.  Yo sólo no fui capaz de ponerlas. Entre los dos pudimos zanjar rápidamente el asunto y entrar en los brazos de Morfeo, el cual nos acurrucó en sus mullidos brazos hasta el día siguiente.

El plato fuerte de este día fue el museo Van Gogh.  El pintor era un verdadero genio, aunque enloqueció hasta tal punto que se cortó parte de una oreja con una navaja y se suicidó unos meses después.  Nos alquilamos audio guías y estuvimos escuchando todas las explicaciones que había para los cuadros de la exposición.  Nos inhalamos el museo entero incluyendo las exposiciones temporales aunque nos dejamos una planta ya que yo acabé mareado de tanta cultura.  Preferimos marearnos con el humo de un cigarro y no con más arte... Hubo una planta del anexo de las exposiciones temporales que no pisamos.  Nos quedamos sin ganas de ver un artista invitado, porque ya no podíamos más. Como si fuera poco, no había explicaciones en la audio guía acerca de ninguna obra de la exposición temporal.  Necesitábamos sentir el aire en nuestras caras y el humo en nuestros pulmones.  El día siguiente descubrí que es posible entrar y salir de un museo tantas veces se quiera con el mismo billete. Eso no lo sabía o habría intentado volver.

Después de comer llegamos al centro de Amsterdam y nos dirigimos con pie firme al museo del sexo.  La entrada costaba únicamente 3 euros.  La exposición era sobre como se ha vivido el sexo a lo largo de la historia, desde la prehistoria hasta el presente.  Había desde diosas de la fertilidad a consoladores de la época romana, hasta pornografía reciente.  A mí me impactaron los cinturones de castidad.  A la mujer a la cual sometían a esa brutalidad, le debían sangrar los muslos con cada paso que daba.   Nos encantó la exposición de fotografías pornográficas de finales del siglo XIX.  En cuanto se inventó la fotografía, tardaron muy poco en utilizarla para pornografía.

Nos dimos una vuelta por el barrio rojo.  Impresiona ver escaparate tras escaparate, cada uno con una mujer expuesta como si fuera un solomillo en un supermercado.  Impactante ver a tantas personas ofreciéndose  a quien fuera que quisiera alquilar unos minutos de su compañía.  Ahí esperando a que los clientes negocien las condiciones de la transacción con ellas.  Había varias calles donde no se veía más que luz roja tras luz roja en ambas aceras. Yo las miraba fascinado. A Tareixa le causó una significativa impresión.

Estábamos decididos a probar las drogas de los coffee shop.  El domingo iba a ser nuestro día de excesos.  Nos metimos en uno cerca del barrio rojo donde pedimos un café.  Tareixa se levantó para ir al servicio y al cabo de un rato la vi hablando con el camarero.  Me acerqué y creí que estaba hablando de marihuana.  Ni corto ni perezoso compré un gramo.  Sólo queríamos un canuto entre los dos y teníamos material para cuatro.  Eso es una consecuencia de ser ignorante acerca del mundo de las drogas.  Liamos el canuto y lo encendimos.   Nos entró mal rollo y nos retiramos temprano, sin cumplir nuestros propósitos de beber demasiado. A Tareixa le preocupaba bastante ya que yo tengo trastorno bipolar y mi psicóloga haía dicho que el porro pudiera tener efectos permanentes en mi estabilidad mental.  Estaba recien salido de otra crisis por enamorarme de ella. No encontrábamos una camera que yo le había prestado a Tareixa y eso la angustió.  Yo la dije el día siguiente, cuando apareció la camera, que cosas muertas no tenían ninguna importancia, que lo triste hubiera sido perder las fotos. Me hubiera gustado haber llegado tambaleando a la casa barco, pero el haber fumado sin ser experto en el tema, hizo imposible que siguiéramos bebiendo.

El siguiente día fue el turno del museo Stedelijk , él de arte moderno.  Estaba a diez minutos caminando desde el Friesland.  Aquí no había audio guías.  Nos tuvimos que conformar con leer todas las explicaciones de cada una de las obras de arte del museo.  Había muchas salas donde mostraban vídeos de arte moderno.  Para nuestra alegría descubrimos que se podía entrar y salir del museo cuantas veces quisiéramos, lo que nos permitió tomarnos un merecido descanso en el bar de la planta superior del edificio.  En la segunda planta había varias pantallas donde mostraban fotografías de artistas conocidos.  En un ordenador se podía escoger de cual de los 60 fotógrafos veías las fotos.

Intentamos alquilar una bici pero desistimos ya que la tienda cerraba muy temprano.  No nos hubiera dado tiempo de disfrutar lo suficiente de ellas.  Además el seguro me pareció excesivamente caro.  Nos dirigimos al mercadillo de Waterlooplein donde habíamos estado el sábado.  Llegamos después de que hubiera cerrado.   Cenamos en un restaurante tibetano, delicioso, y nos volvimos al Friesland donde desconectamos un rato compartiendo una cerveza.  La marihuana que nos sobró se la dejamos de propina a Jon, junto con nuestras llaves y el dinero por las cervezas.  No nos queríamos arriesgar a pasar la noche en comisaría por unos miseros 7 euros de maría.

El último día nos despertamos a las 04:15.  El taxi nos recogía a las 04:45.  Después de tomarnos el café frío, llegamos a la acera  justo en el momento en que aparcó el taxi.  Nos salió caro llegar al aparcamiento.  En Amsterdam cuestan bastante más que los de Madrid.  Al entrar en el aparcamiento, vimos que la oficina del Park and Ride donde habíamos dejado el coche estaba cerrada.  Había unas indicaciones para llegar a la oficina central del aparcamiento.  No fuimos capaces de comprenderlas.  La máquina no aceptaba nuestra tarjeta de Parking.  Llamé a un número de emergencias que había y se puso un caballero holandés que no sabía inglés.  No fuimos capaces de entenderlo.  Nos dimos una vuelta por el exterior buscando la dichosa oficina.  Bajamos y subimos por escaleras en obras.  Nos pateamos varias veces todo el aparcamiento sin dar con el lugar donde teníamos que pagar.  Al final vimos un coche aparcar y nos acercamos corriendo.  El buen hombre afortunadamente iba a la oficina.  Nos llevó casi de la mano.  Dimos brincos de alegría.  El único lugar por donde no nos metimos era el correcto.  Al final pudimos montarnos en el coche para ir al aeropuerto.  Todo el vuelo de vuelta lo pasamos durmiendo.  Al llegar a Madrid nos tomamos algunas cervecitas.  Esa noche ambos dormimos más de 14 horas.  Estábamos agotados de tantos días seguidos durmiendo poco.

Después de Amsterdam, lo que compartimos yo y Tareixa ha cambiado.  Yo, al haber conseguido mi deseo supremo de tener una compañera de viaje, me confié.  Tomé tres decisiones que involucraban a Tareixa sin consultar con ella si le apetecía que yo siguiera hacia adelante.  Una de ellas fue publicar este artículo en cuanto había acabado el primer borrador.  Me salió una monstruosidad que no la gustó nada.  Si únicamente hubiera editado el artículo varias veces antes de sacarlo a la luz pública la habría podido pintar tan hermosa como la veo.  Hubo un tiempo que me temía haberla perdido para siempre.  En esa fase de mi vida intenté descargarme las fotos de mi camera al ordenador. Había sacado bastantes fotos a Tareixa en Amsterdam y las quería de recuerdo, ya que creía que nunca más iba a tratar con ella. Curiosamente esta fase se inició después del segundo concierto de Antonio Vega, igual que puro blanco empezó con el primero.

El ordenador se había desconfigurado y yo creía que el problema era con la camera.  Intentando arreglarla rompí la tarjeta de memoria.  Llegué a mandarla desde una oficina en la que trabajé a una agencia de recuperación de datos, con tan mala suerte que puse la dirección de la agencia en el mismo lado del sobre que estaba el remite y la carta fue devuelta a la oficina.  Cuando la secretaria abrió el sobre, la tarjeta de memoria desapareció.  Hubiera pagado gustosamente cuatrocientos euros para tener en mis manos como recuerdo las fotos de Tareixa que había sacado, como creía que la había perdido para siempre.  Afortunadamente ella me ha dejado conservar alguna de las fotos que la he sacado posteriormente y hay una en particular que quiero imprimir para mirar cuando esté sólo y triste en mi casa.

 Besos,

Andreso