He conocido a varios gallegos que me han caído muy bien.  Una de ellas hasta tal punto que me he enamorado de ella.  Me encanta la forma de hablar el castellano que tienen los gallegos, aún cuando hay bastante variedad en los acentos entre las que son de una zona y los que son de otra. Me he quedado tan maravillado con su forma de ser que decidí explorar Galicia por mi cuenta la semana santa del 2008.  Vi un vuelo no muy caro a Santiago de Compostela y lo compré.  Decidí ir primero a Vigo, luego a Pontevedra, luego a A Coruña y finalmente a Santiago donde tenía una amiga.  Fueron las primeras vacaciones que hice por mi cuenta, por lo que salí de Madrid con bastante miedo.

A mi me cuesta mucho entablar conversaciones con desconocidos en bares.  Tengo un método infalible para conseguir un poco de palique, que consiste en acercarme a alguien y decirle "Hola, me llamo Andrés, tú como te llamas?" pero sólo me atrevo a utilizarlo en viajes organizados y excursiones de senderismo.  Necesito compartir un poco de terreno común, como el estar compartiendo un viaje, para que me atreva a soltar mis cuatro palabras mágicas.  En bares me horroriza el molestar al prójimo.  Apenas nunca me he atrevido a hablar con extraños en el gran mundo desconocido. 

Intente buscar gente con quien quedar a través del Meetic.  Hice un barrido por Vigo y Pontevedra.  Si no me equivoco, me puse en contacto con todas las mujeres inscritas en el Meetic que vivían en Pontevedra.  Las únicas respuestas que recibí a mis correos electrónicos fueron de mujeres que o bien pasaban la semana santa fuera de Galicia o bien que leyeron mi correo después de que yo ya hubiera vuelto a Madrid.  No hubo ni una mujer de las que contacté que permanecían en Galicia la semana santa que quisiera participar en aliviarme mi soledad este viaje. 

El vuelo el jueves de Semana Santa salió muy temprano.  Para llegar a tiempo decidí llamar a un taxi para que me esperara en mi portal.  Llegué con muchísima antelación al aeropuerto y la facturación fue casi instantánea, con los aparatos que te imprimen la tarjeta de embarque.  Hubiera perfectamente podido ir en trasporte público aún siendo tan inmensa la T4.  Llegué con hambre y sed.  Me pedí un tanque de cerveza y un sándwich.  En cuanto tengo la cerveza encima de mi bandeja, la tiro sin haberla probado.  Menos mal que la camarera se apiadó de mí y me puso una fresquita.

En el aeropuerto de Santiago cogí el autobús a la ciudad y desde la misma estación seguí hasta Vigo, mi primer destino.  El hotel estaba en el centro de la ciudad pero como la estación de autobuses estaba en las afueras tardé una hora en llegar a él.  Por el camino, arrastrando mi maleta, metí el pie en una de esas cosas que están por la calle donde plantan los árboles y me caí cuan largo era.  No hubo testigos.  Al dejar la maleta en el hotel salí hacia el museo del Mar.  Este museo está  dedicado a la pesca en Galicia.  No había nadie en él aún siendo gratis la entrada.  Desde el museo del Mar anduve los cuatro kilómetros hasta el centro de la ciudad.  Cené pulpo delicioso en un restaurante tras fracasar en mi empeño de localizar una pulpería.  Después de cenar me fui a la zona de Churruca la cual una moza del Meetic me contó que era una de las zonas de mejor ambiente de Vigo.  Acabé en un pub con música tranquila, con unas ganas locas de hablar con alguien, y sin atreverme.  La barra estaba llena de gente que no hacía más que mirar al frente.  Apenas hablaban entre ellos aunque parecía que se conocían.  De vez en cuando hablaban con los camareros.  No me atreví a soltar el "Hola, me llamo Andrés"  La siguiente mañana me desperté deprimido.  Se me pasó con el segundo café.

El viernes santo cogí el tren a Pontevedra, mi segunda parada.  Otra vez el hotel estaba en el centro, al lado del casco viejo, y la estación de tren en las afueras.  Un buen paseo después llegué a mi destino.  Como el día anterior se me había estropeado mi navegador GPS, tuve que orientarme con los mapas de Google en mi móvil.  Es una maravilla tener a tu disposición las direcciones para llegar a cualquier lugar del mundo en tu bolsillo.

Tareixa me había hablado muy bien de Combarro .  Me dijo que estaba cerca de Pontevedra y me decidí visitarlo.  En el hotel me dijeron que estaba a 2 km pero en cuanto se lo pregunté a un taxista me dijo que estaba a más bien 12 km.  Le dije al taxista que me llevara.  Hablamos de la vida en Pontevedra durante el trayecto.  Me dijo que había muy poca oferta de trabajo en esta parte de Galicia por lo cual era muy normal permanecer mucho tiempo en el paro si se perdía el trabajo.

Ya había estado en Combarro anteriormente , en otro viaje a Galicia.  Aún así me encantó.  Una calle estrecha de piedra con muchos  hórreos en la acera que daba hacia el mar.  Edificios de piedra.  Parecía todo antiguo.  Ambos lados de la calle estaban llenos de tiendas abiertas el mismísimo Viernes Santo.  Vendían artículos para los muchos turistas que había paseándose por el pueblo.  A mí con tanto sitio donde comprar se me pusieron los dientes tan largos  como se me ponen en el rastro.  Pendientes, camisetas, regalos, absorbieron bastantes de mis cuartos.  Ahora llevo un pendiente con motivo celta que me compré ahí.  El único momento negativo fue la vuelta a Pontevedra. El autobús llegó con más de media hora de retraso y la parada no estaba señalizada.   

Al llegar a Pontevedra, encontré la oficina de turismo y recogí los planos de rigor.  Seguí una ruta peatonal por el casco viejo recomendado en una de las guías.  Todo este casco era peatonal, con tanto la superficie de las calles como los edificios de piedra.  Me encantan estos edificios de piedra antiguos.  Después de ir al hotel a por ropa de abrigo, volví al casco viejo.  Había oído que al ser Viernes Santo, había procesiones.  Vi cofradía tras cofradía arrastrando o empujando sus vírgenes y cristos.  Algunos de estos iconos iban montados encima de carros mientras que otros era necesario llevarlos a puro golpe de músculo.  Impresiona ver cofrade tras cofrade disfrazado de  Ku Klux Klan.  La cara tapada por la capucha alta y puntiaguda.  Lo único que se veía eran sus ojos, rojos a la luz del flash.  Impresionante tanto fervor religioso. 

Cené un delicioso rodaballo y queso del país.  Después fui buscando algún sitio para tomar la penúltima.  En el segundo sitio al que fui ya tenía unas ganas locas de hablar con alguien.  Al final me atreví a decirle a un grupo la frase mágica de "Me llamo Andrés".  Una de las miembros del grupo era una mujer llamada Teresa que cada vez que me miraba, se reía.  Después de soltarla mi frase mágica pude mantener una conversación normal con ella.  Estoy seguro que Teresa sufrió mi barrido por Pontevedra.  Chatee un tiempo después con otra mujer de Pontevedra y esta me dijo que yo había causado furor por lo completo del susodicho barrido.

El sábado llovía.  Después de encontrar un bar donde tomar mis tres cafés matutinos, compré un paraguas en una tienda de 20 duros.  Después de dos horas de tren y hora y media andando llegué a mi hostal en A Coruña. Me asignaron una habitación limpia, sin ventanas y lo peor, sin enchufe para cargar el móvil.  Salí de mi hostal hacia las 14:00 y no volví hasta pasada la medianoche.  Lo primero que hice fue comer unos deliciosos callos con garbanzos en un restaurante donde hacía tanto frío que no me atreví a quitarme mi abrigo todo el tiempo que estuve ahí.  Después vi caer un granizado impresionante en una cafetería donde me recuperaba de la comida a base de cafés y cervezas.

A Coruña me pareció una ciudad muy fea.  Claro, tiene el casco peatonal y el paseo marítimo que son preciosos pero yo me adentré por la ciudad hasta la torre de Hércules.  Toda la zona cercana a este monumento era triste, deprimente, poco estética.    Llovía y hacía mucho viento en A Coruña. Mi paraguas aguantó bastante poco tiempo antes de quedar perjudicado por una ráfaga de viento en las afueras de la ciudad.  Después de la visita a la torre de Hércules y alguna parada estratégica para ingerir cerveza o cenar, ya era la hora de acostarse.  Este día fue el que menos me relacioné con la gente.  Un compañero del trabajo iba a pasar unos días de vacaciones en esta misma cuidad pero por desgracia yo había apuntado mal su teléfono.  El destino no quiso que este día practicara mis habilidades conversacionales.

El domingo santo había quedado con Sofía, la hermana de Tareixa en Santiago.  Gracias a haber cargado el móvil en el bar donde desayuné tenía los medios imprescindibles para contactar con ella.  Al final iba a tener con quien hablar.  Quitando la conversación de Pontevedra, había estado sólo todo el tiempo.  Al final vinieron toda su familia.  Tareixa volvía a Madrid por lo cual lo primero que hicimos, después de las cañas de rigor, fue acompañarla a la estación de tren.  Después me quedé a comer con su familia.  Acabamos en un restaurante donde comí un pulpo a la parrilla esplendido.  Intenté infructuosamente invitar a la familia de mi amiga al manjar que habíamos disfrutado juntos, pero no fue posible.  El padre me vio charlando con el camarero y marcó la ley.  El camarero cuando nos volvió a servir, tenía cara de pocos amigos.  Me quedé con Sofía de juerga hasta las 3 de la madrugada.  El avión salía a las 7 por lo cual otra vez me tocaba coger un taxi después de haber dormido muy poco.  El día siguiente fui a trabajar.  Si no hubiera sido porque conseguí dormir en el avión me habría ido a mi casa.  Estuve mareado todo el día.

Me asustó mucho hacer esta peregrinaxe pola Galiza urbana sólo.  Afortunadamente me gusta mi propia compañía, por lo cual no me aburrí ni lo más mínimo.  Cuando estaba parado en un bar o un restaurante me dedicaba o bien a escribir cartas o correos electrónicos con mi móvil.  Escribir me chifla y dedicarle los momentos muertos a mi pasión hizo que el tiempo se me pasara volando.  Por desgracia mi móvil se desconfiguró durante la semana santa.  Al llegar a Madrid vi que había nueve correos electrónicos pendientes de enviar. Fui capaz de sacarlos del móvil y mandarlos desde mi ordenador pero salieron con bastante retraso.

 Besos,

Andréso