Este invierno fui a Montreal para pasar las navidades con mi familia.  Volé con mi compañía aérea favorita: British Airways.  Había una oferta donde si me quedaba nueve noches me ahorraba casi 200 euros con respecto a cualquier otra oferta.  El mismo día que partí, mi padre, que estaba de visita en Madrid, volvía a Montreal en otro vuelo distinto.

Como siempre llegué al aeropuerto con más de dos horas de antelación.  Estuve con mi padre casi una hora antes de dirigirme a mi puerta de embarque.  Cuando al final me cansé de la humillación de estar de pie en la jaula de fumadores que usan para marginarnos, me di una vuelta por el aeropuerto.  Tuve la inmensa suerte de encontrar un bar con sección de fumadores.  Mientras me tomaba un copazo, cogí fuerzas para las muchas horas de abstinencia que iba a pasar.

Este viaje fue el primero donde utilicé el tabaco de mascar sueco "snus".  El experimentó fue todo un éxito.  El snus que utilicé viene en bolsas como las de té, con un gramo de tabaco en cada bolsa.  Es tabaco picado muy finamente al cual se ha agregado agua para hacerlo muy húmedo y sal para darle sabor.  Al colocarme una bolsita debajo del labio superior, aguanto casi una hora sin ansiedad.

El único problema de British Airways es que pertenece a un país anglosajón.  En ese estado como en los demás de su calaña, le dan mucho bombo y platillo al tema de seguridad.  El aeropuerto de Heathrow en Londrés es el único al cual he ido donde nos hacen pasar por un detector de metales haciendo un transbordo.  Eso lleva bastante tiempo.   Hay colas ingentes.  

Al llegar a Montreal, mi maleta no aparecía.  Pregunté en equipajes perdidos.  Había un atasco en la cinta.  Al salir por el control de seguridad me revisaron la maleta.  Aunque llevaba algunos artículos que rayaban en la ilegalidad, como un programa que había grabado para mi hermana y un pelín demasiado de tabaco, no tuve problemas.  No me pusieron ninguna pega.  Finalmente pude ver mi hermana.  Ella llevaba hora y media esperándome,  Estaba tan harta que, bajo ningún concepto, estaba dispuesta a esperar hasta que yo me acabase mi primer cigarrillo de la libertad.

La segunda noche que pasé en Montreal salí con un antiguo amigo mío.  Quedamos en un garito próximo a la casa de mis padres.  Ahí elaboran su propia cerveza.  Montreal está llena de bares donde son artesanos del agua de cebada.  También hay varias fábricas pequeñas llamadas "microbreweries".  Estas hacen sus propios caldos.  Personalmente los encuentro deliciosos.  La producción anual conjunta de estas micro cerveceras, es más pequeña que lo que se desperdicia en un solo mes en una fábrica grande.  Montreal es la parte del mundo donde se puede comprar la cerveza que me resulta más deliciosa.  Aquella noche hubo oportunidad de beber mucha cerveza.  Tanta que hacia la una de la madrugada ya me estaba quedando dormido.  El alcohol y la diferencia horaria fueron demasiado para mi cuerpo de casi de 40 tacos.  Volví andando a mi casa.  Una hazaña nada despreciable teniendo en cuenta que estuve andando más de media hora a temperaturas inferiores a veinte bajo cero.

El día siguiente fui a comer a casa de una amiga.  Ella se había comprado un piso nuevo unos meses atrás.  Yo salí de casa de mis padres con bastante retraso al haber hecho mella la resaca.   Después de un largo viaje en transporte público llegué a la zona donde vive mi amiga.  Llegué a los números impares.  No fui capaz de deducir por mi mismo que ella vive al otro lado de la calle.  La llamé diciéndola que ella me había dado mal la dirección, que el número no existía.  No se me ocurrió que tuviera que cruzar al otro lado de la calle.  Ella me echó la bronca por llegar tarde y por dudar de su palabra.  Para desgracia mía ella no cocina bien.  Fue una comida para olvidar.

Me lo pasé muy bien con la familia en estas vacaciones aunque únicamente me dejaron fumar en mi antigua habitación y en casa de mi hermana.  Me encantó estar con ellos.  Habían pasado muchos meses desde que les vi por última vez.  Les echaba de menos.  Comí muy bien estas vacaciones.  Entre el funeral en Noruega, las tres semanas que pasó mi padre en Madrid, donde comimos fuera casi todos los días, y las dos semanas en Montreal, engordé cuatro kilos.  Después de tanto el ganso de Noche Buena como del pavo de Navidad, me fui a la cama con la sensación de ser una foca obesa.  Eso jamás me había pasado antes, aunque me sobran bastantes kilos.

Cuando volví a quedar con mi amigo, cenamos en otra de esas cervecerías que hacen su propia cerveza.    Al cerrar este bar muy temprano, acabamos en el garito de la primera noche.  Bebimos mucha cerveza.  Hacia el final de la noche se me acabó el tabaco.  Un paquete me costó casi seis euros.  En Canadá los paquetes de tabaco llevan impresa una imagen para demostrar lo malos para la salud que son.  Las advertencias sanitarias vienen tanto en inglés como en francés.  Impone.  

Estaba bastante borracho cuando empecé la caminata hacia casa.  Mi madre se quedó despierta, mirando por la ventana, hasta que me vio.  Las madres como son.  En Montreal oí en la radio de un hombre de más de 50 años que fue a visitar el pueblo donde vivía su madre. Salió hasta tarde una noche.  Cuando volvió  se encontró a su madre de más de 80 años esperándole despierta, sentada en un sillón.  La pobrecita le dijo que había estado muy preocupada.  Hacía más de 30 años que el hombre se fue de casa.  El día siguiente mi madre me dijo que muchos hombres de 80 años andaban más deprisa de lo que yo lo hice camino a casa.  Claro, entre la borrachera, la nieve que había caído y estar cargado de regalos, preferí no arriesgarme.

El viaje de vuelta fue bien.  Conseguí dormir unas horas.  Otra vez utilicé snus para quitarme el mono.      Cuando llegué a Londrés, después de andar y andar hasta llegar al control de seguridad, encontré una zona de fumadores donde me dio tiempo de fumar hasta saciarme. 

 

Andreso