Tardé años en poder ir al logopeda. Tras tres años de espera y una operación , al final me dieron cita. Me atendió una doctora foniatra. En otras palabras ella se había especializado en la pronunciación. Ella me escuchó hablar durante unos minutos. Me dio dos opciones: trabajar el tartamudeo o aprender a pronunciar la erre. Yo, harto de no ser capaz de pronunciar mi nombre, elegí la erre. Pedí cita. Me dijeron que probablemente pasarían tres meses antes de que empezase la terapia. Tenía que traer un volante sellado por inspección médica cuando me llamasen.

Me llamaron en junio. La terapia duraba media hora al día, cinco días a la semana. La primera sesión me impresionó mucho. Eramos cinco pacientes recibiendo tratamiento. Yo tenía con diferencia más años cumplidos que los otros cuatro juntos. No se me había ocurrido que los niños jóvenes eran los principales usuarios de los logopedas.

El sistema de educación respeta mucho más la dignidad de los chavales que cuando yo era niño. A ningún profesor se le ocurrió derivarme para que yo aprendiese a pronunciar correctamente. El que me hubiesen derivado habría evitado tener que aguantar hasta casi tener cuarenta años para aprender a pronunciar. Desgraciadamente no ayudó ni una pizca que el frenillo de mi lengua tenga un aspecto normal. La única forma en la cual se manifestaba que era defectuosa es que, con la boca ligeramente abierta, no era capaz de tocarme el paladar con la punta de la lengua.

Todas las sesiones empezaban con ejercicios para entrenar los labios y la lengua: lengua de lado a lado, lengua arriba y abajo fuera de la boca, vibrar los labios y así sucesivamente. Después la logopeda estaba cinco minutos con cada chaval trabajando el área del lenguaje con el cual tuviera problemas. Mientras tanto los demás estamos pasando el tiempo como se nos ocurriese. No importaba como, siempre que fuese en silencio. La logopeda podía ser una verdadera sargento cuando se lo proponía.

Todas las prácticas se realizaban en frente de un espejo para que nos pudiéramos observar. Yo después de haber estado mirando mi reflejo durante media hora al día me daba más y más cuenta de lo guapo que soy. Estoy convencido de que con un mes mas de terapia, hubiese acabado abrumado por mi creciente hermosura.

La logopeda mantenía una disciplina férrea en las sesiones. Reñía a cualquier chaval que hiciera el más mínimo ruido. Según lo que vi en los tres meses de terapia, a las niñas les es mucho más sencillo permanecer en silencio que a los niños. Hacia el final de mi terapia llegó un chaval de cinco años que tenía un retraso generalizado del lenguaje. Al chaval le gustaba canturrear mientras dibujaba. La logopeda le echaba unas broncas impresionantes al chaval por no estar completamente en silencio. El chaval parecía bastante inmune a que le echasen la bronca. Debería estar muy acostumbrado a ello. A mí este tira y afloja me estresaba hasta tal punto que se me notaba. Los últimos días la logopeda me preguntaba si yo estaba cabreado.

Como yo en teoría era lo suficientemente responsable para practicar por mi cuenta, se me permitía hacer los ejercicios. Yo era la fuente del único ruido de fondo que se escuchaba a lo largo de la sesión. La jefa, en vez de reñírme por hacer ruido, me alentaba a ello. Supongo que a mis compañeros les resultaba injusto que a ellos se les intimidase por no permanecer callados, mientras a mí me decía cosas bonitas como: "trabaja más duro."

Mi progreso fue lento. Tardé un mes a aprender a pronunciar la erre simple rodeada de vocales, como "pero". Eso lo hice repitiendo todas las combinaciones de consonante, vocal, erre y vocal. La jefa me hacía practicar un ejercicio que a mí, la verdad sea dicha, me desagrada bastante: empujar la lengua hacia arriba con dos palos mientras se escupe el aire para hacer vibrar la lengua. Además de que me resultaba difícil vibrar la lengua de forma consistente, me daban arcadas las primeras veces que lo hice. Además de esto tenía que practicar pegamento y soplar en casa. El pegamento es dejar la lengua pegada al paladar de forma que se vea el frenillo. El propósito es hacer vibrar la lengua. Tras mucho tiempo de practicar esto, escupiendo el aire, conseguí hacerla vibrar. Desgraciadamente golpeaba los dientes con ella, lo que no gustó a la jefa. Tuve que olvidar lo aprendido.

Justo antes del cese de actividades de agosto, ella me mandó otro ejercicio para aprender a pronunciar consonantes seguidas de erre. Por ejemplo, para pronunciar "dro" hacía falta repetir "dorodorodorodoro" todo lo rápido que se pudiera. Durante este mes lo conseguí dominar bastante bien, quitando la "tr" y la "dr". Al regreso a las sesiones, fui mejorando considerablemente. Una semana antes de mi revisión, ya me salía casi siempre la erre fuerte.

En la revisión me dieron el alta. Tengo que volver a ver la médico foniatra dentro de seis meses para ver si necesito más sesiones. Por ahora todo va bien. Se me ha olvidado como pronunciar la erre fuerte por lo que sigo practicando el pegamento y soplar con palos. Con un poco de suerte tendré la suficiente constancia para no dejar muchos días sin practicar. Aún así, he conseguido mi propósito principal: ahora cuando doy mi nombre para que alguien lo apunte, ya me basta con decirlo de corrido. No me hace más falta deletrearlo. Todo un éxito.

 

Andreso